243° Aniversario de Rojas: Festejar recordando calamidades

¿Quién no ha conocido a esas personas, generalmente ya entradas en años –aunque no necesariamente–, que como tema excluyente de conversación tienen a sus enfermedades, sus operaciones, sus tratamientos, su medicación... lo cual hacen extensivo a familiares, allegados y hasta a personajes de la TV?

Uno generalmente huye de esta gente, es algo que forma parte del folclore de este país; aunque la escapatoria se complica cuando el número de «patófilos» crece gracias a la acción de una poderosísima maquinaria de creación de sentido común. Hoy los encontramos en cantidad mucho mayor que la meramente necesaria para mantener vivo a este rasgo del humor popular.

El hecho es que hoy los vemos en el supermercado, en la cola del banco, en la plaza y en las redes sociales. El patófilo, multiplicado hasta el infinito, se pone a hablar de enfermedades allí donde estuviere, y obviamente, también en pleno festejo del 243° cumpleaños de Rojas.

La conversación, no obstante, está centrada en los dos fenómenos, sanitario y comunicacional, denominados ambos «covid–19». Esta referencia excluyente a lo ocurrido este año, como si fuera único, posiblemente se deba a la escasa formación histórica de los periodistas y «community managers» actuales; tranquilamente podrían haber traído a colación también al huracán que azotó a Rojas en 1816 y mató a numerosas personas; a la invasión de langostas de 1934 o a la shigelosis de 2004 y sus más de 7.000 enfermos. Todos, como se ve, temas de conversación inmejorables para una fiesta de cumpleaños.

Sería cómico si no fuera a la vez patético: este acto permanente de traer a la catástrofe a primer plano devela una mentalidad; no es algo ajeno al resto de los sucesos y las tendencias que vemos a diario. La patofilia, así como el atraso de Rojas, son dos de los muchísimos efectos que provoca esa manera de pensar.

El «sentido común», ese filtro a través del cual la realidad es comprendida, no se reproduce con discursos sino a través de los pequeños detalles cotidianos: actitudes, elección de ciertas palabras y no de otras, incorporación de frases y giros a las conversaciones... Siempre más cerca del prejuicio que del conocimiento, el «sentido común» viaja hoy, sobre todo, a través de las pantallas; y, entre otros fenómenos perjudiciales, condiciona al poder.

Lo que ocurre no es nada nuevo ni que debiera resultar sorprendente para nadie. La mentalidad del atraso, con el sentido común como marco teórico, es la responsable de que Rojas tenga 22.000 habitantes desde hace cuarenta años, la mitad de los que tenía hace sesenta. Mientras, ciudades vecinas como Colón (antigua localidad de nuestro partido) o Salto nos han superado notoriamente, tanto en población como en actividad económica. Esto atañe a todos los espacios allí donde se toman decisiones; no exclusivamente a gobiernos (aunque también a ellos).

Quiero dedicar este editorial a recordar a los fallecidos por el «covid–19» y a los fallecidos por el mal manejo del sistema de salud debido al infovirus «covid–19»; a los héroes que resignaron feriados y trabajaron varias horas más por día, y a los que tuvieron que dejar de trabajar porque les cerraron el negocio y hoy comen de la basura; y, sobre todo, a aquellos que han sido bendecidos con la chispa de la curiosidad, de la iniciativa y de la energía, y que desde hace décadas se ven sometidos por la mentalidad patófila del atraso.

Confiemos en que llegará el día en que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y que los artífices del atraso hayan resignado el poder de decisión. Nadie pretende que Rojas sea «la perla del oeste»; mínimamente, se trata de no ser menos que nuestros vecinos. Y lo vamos a lograr cuando quienes toman las decisiones sean los que, en los cumpleaños, hablan de las realidades que lograron construir y de los proyectos que pondrán en marcha mañana. Aunque hayan tenido que escaparse a conversar al patio, mientras en el living los patófilos siguen hablando del reuma y de sus operaciones.

Marcelo Tamasi.

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