¿A qué estamos jugando?

Pocas cosas más divertidas para los argentinos deben existir como es jugar un partidito de fútbol, darle a la pelotita durante un buen rato y compartir un momento con amigos, con conocidos o quien sea, despuntando uno de esos vicios que resultan muy saludables para el cuerpo y el alma. No hacen falta arcos ni marcar la cancha –si se los tiene mejor para sentirnos un poco Messi o el Diego– para hacer rodar la redonda, tampoco indumentaria apropiada. La cuestión es jugar al fútbol, o a la pelota, como se lo quiera llamar.

Pero en esta época muy especial, donde la palabra preponderante es pandemia, habría que atemperar esos ánimos casi incontrolables y darle prioridad a la salud, para ir en concordancia con el objetivo que se ha planteado como prioridad: cuidarnos cada uno para así estar bien todos y no profundizar las indudables consecuencias que la cuarentena, ahora distanciamiento social, está ocasionando y va a ocasionar.

El tema del jueves por la tarde fue lo ocurrido en el Parque General Alvear, un lugar al que mucha gente suele acercarse para hacer deportes. Se juega al básquetbol, al tenis, al softbol, se trota, se corre y, fundamentalmente, se juega al fútbol.

En el lugar la Dirección de Deportes había colocado algunos carteles indicando que, siguiendo los lineamientos establecidos en los protocolos, estaba prohibido jugar el fútbol, a fin de evitar aglomeraciones ya que es, si bien entramos en fase 5 y se permiten algunas cosas que antes no, es el momento crucial de una historia en la que hasta ahora nos ha ido muy bien si lo comparamos con otros países pero en la cual el próximo capítulo podría ser de terror.

Como a esos carteles parece que nadie los vio y teniendo en cuenta la gran cantidad de gente que estaba en el predio, situación que se repitió por más de un día, el subsecretario de Deportes se acercó hasta el lugar para pedir que el lugar sea despejado y que se terminaran los partidos, lo cual tuvo como respuesta no precisamente palabras tiernas de algunos de los que estaban jugando, que mascullando bronca se retiraron del lugar, “enojados” por tener que cumplir los protocolos.

Rojas no tiene casos positivos en estos meses y seguir de la misma forma depende del aporte de cada uno de los rojenses. Es imposible controlar cada espacio público apto para hacer deportes y, entonces, si no colaboramos la cosa se puede tornar complicada.

No es difícil imaginarse si hubiera un enfermo de coronavirus entre los protagonistas del duelo futbolero y la forma en que eso dispararía los casos de una manera tan tonta como ocurrió en Salto, donde –según dicen– a alguien se le ocurrió invitar gente de otra ciudad a hacer un asadito, trajeron el “bichito” y ahora los vecinos, que venían invictos, ya tienen una treintena de contagiados.

Lo que hicimos los rojenses, o al menos la grandísima mayoría, permitió estar así y que muchos rubros volvieran a ser habilitados, que se permitan reuniones sociales mínimas, que el comercio pueda volver a funcionar casi con normalidad, que aquellos que se ganan la vida con lo que recaudan a diario no tengan que esperar una ayuda del gobierno para subsistir y puedan volver a sus trabajos. Todo esto, si se dieran casos, nos haría retroceder casilleros, como los juegos de mesa: avanza hasta el 5 pero el dado cayó mal y entonces retrocede al 4, 3, 2 o 1, como ha sucedido en algunos lugares.

No vamos a hacer un análisis del comportamiento social, tarea que sería durísima para un simposio completo de psicólogos y psiquiatras, pero sí marcamos que en este caso no hablamos de jugar un partido de fútbol, estamos hablando de algo peligroso. A eso estamos jugando...

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