Periodismo en tiempos de verdades impuestas y obligatorias


El Ministerio de la Verdad crea la realidad y la difunde con sus poderosas herramientas. La comunicación cae en las trampas de la posmodernidad, mientras ve cómo colapsa su modelo de negocios. Malos tiempos, pero ya vendrán mejores... si los construimos.

Por:
Marcelo Tamasi.
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Ya bien entrado el tercer milenio, el periodismo parece herido de muerte. Ha estado así otras veces, y seguramente no será la última; como en cada momento de transición, encontrará su camino. Pero hoy tambalea. Y no crea el lector que encontrará en esta nota determinismos tales como responsabilizarlo por «la falta de adaptación a los cambios tecnológicos», o cosas por el estilo; no, en absoluto. La tecnología es un fruto de lo mismo que ha herido al periodismo; y si hoy es difícil encontrar el rumbo, es porque la propia sociedad no tiene un norte hacia el cual dirigirse. Pero vayamos por partes...

George Orwell publicó «1984» en el año 1949. Ambientada treinta y cinco años después, pretendió ser una novela y terminó siendo una predicción por demás de acertada. La trama transcurre en una sociedad gobernada por un poder omnímodo basado en cuatro áreas funcionales: el Ministerio de la Abundancia, que se ocupa de retacear los productos básicos a los habitantes; el Ministerio del Amor, encargado del orden interno, la seguridad y las ejecuciones; el Ministerio de la Paz, a cargo de la guerra; y el que nos interesa a los efectos de esta nota, el Ministerio de la Verdad, responsable de crear la realidad, no sólo imponiendo el relato de lo actual sino, sobre todo, modificando el pasado. «Si los hechos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los hechos», es una de sus ideas fuerza.

Hoy, año 2021, el Ministerio de la Verdad existe. No tiene una sede fija, o no la conocemos; pero sabemos de su existencia a partir de sus actos, ejecutados a través del oligopolio informativo global (del que forman parte muchos medios de comunicación locales, desparramados por el mundo).

Los tres ejes de la sociedad orwelliana: una realidad creada e impuesta, la vigilancia masiva y la represión, son también las bases de nuestra sociedad del siglo XXI.

Es en este marco donde debe desarrollarse el periodismo, muy poco eficaz para enfrentarse a una verdad impuesta –a palos si hiciere falta–, y al menos a dos trampas que le tiende la concepción posmoderna, que ya no es hegemónica sino única. Veamos todo esto:

LA VERDAD IMPUESTA Y OBLIGATORIA

Entre las infinitas formas que existen para clasificar las cosas, hay una que muestra a los medios de comunicación separados en dos grupos bien diferenciados: aquellos que forman parte del poder, controlados por grupos económicos o políticos que los usan como herramientas para sus fines no periodísticos; y los que aún conservan una identidad tradicional, de gestión privada, con un modelo de negocios que sigue atado a la publicidad y una estructura de tipo fabril cuyo producto terminado es la noticia, o alguna otra de las formas periodísticas conocidas.

De más está decir que el primer grupo es el que crea la realidad; impone la agenda diaria y se constituye así en una poderosísima maquinaria de generación de sentido común. Los del segundo grupo, incapaces de enfrentarse a una ofensiva semejante, terminan siendo funcionales a la imposición de esta realidad creada; colaboran con ella.

Nosotros vivimos en Rojas; hemos sido testigos, en presencia o leyendo la historia, del desarrollo de muchísimos medios de comunicación de gran calidad y de la actuación de numerosos periodistas enormemente capaces. Pero no somos inmunes al huracán de posmodernidad que arrasa con el pensamiento a nivel global y, en cierta medida, también somos víctimas de la imposición de la verdad obligatoria, creada por poderes que ni en sueños podríamos enfrentar.

LA TRAMPA DE LA MASIVIDAD Y EL DERECHO A LA INFORMACIÓN

Algunos están convencidos de que nuestra época está signada por el «avance tecnológico», y suelen denominarla con frases como «la era de la comunicación». Tal aseveración está íntimamente vinculada con el crecimiento de internet, y genera espejismos tales como la «masificación de la información». Es una de las falacias de la realidad creada e impuesta, por supuesto.

El «derecho a la información» es antes que nada eso: un derecho. Esto es: lo ejercen quienes deciden hacerlo, que no constituyen precisamente una parte mayoritaria de la población. Hace cincuenta, sesenta o setenta años, los que querían informarse podían hacerlo a través de los diarios o de las radios –la TV nunca fue un medio informativo, sólo espectáculo–; pero no eran muchos, o en todo caso, no la mayoría.

Hoy, la existencia de internet ha creado el fantasma de la masividad. Como todo el mundo está conectado las veinticuatro horas, y en cada casa (o en cada persona, inclusive) existe un dispositivo vinculado a la red, el Ministerio de la Verdad dispuso que ahora la información llega a todos y cada uno de los habitantes. Claro que para eso, afirma el poder, es necesario «adaptar los mensajes al nuevo paradigma». ¿Y cuál es ese «nuevo paradigma»? El que, entre muchos otros, expresó Adolf Hitler en «Mein kampf» («Mi lucha»): (El mensaje) «tiene que ser necesariamente popular y adaptar su nivel intelectual a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a los cuales está destinado. De ahí que su grado netamente intelectual deberá regularse tanto más hacia abajo cuanto más grande sea el conjunto de la masa humana que ha de abarcarse».

El «nuevo paradigma comunicacional» actual privilegia a la imagen por sobre la palabra; dirige los mensajes a la esfera emocional de las personas, antes que a la razón; limita el contenido de la comunicación a la menor cantidad posible de conceptos; en lo posible, sólo a uno; y que sea fácil de entender. El Ministerio de la Verdad ha convertido a la «neolengua» orwelliana en una «nolengua» que comunica mediante imágenes, con lo cual va desapareciendo la principal aptitud de la palabra, que es la abstracción. Como sólo puede ser fotografiado lo concreto, aquello que es abstracto va quedando en el olvido por falta de uso, y se deteriora la calidad del pensamiento. Volvemos a las cavernas donde sólo se hablaba de lo que puede verse, tocarse y olerse.

¿Qué queda, entonces, del derecho a la información de las personas? Su inexistencia. En un mundo donde circulan millones de mensajes por segundo, y en el que los medios de comunicación han degradado enormemente sus productos para adecuarlos a la marea de banalidad, quien desee informarse de verdad no encontrará cómo hacerlo. Los descendientes de aquellos lectores de diarios, consumidores de flashes informativos y de programas radiales periodísticos, e inclusive algunos sobrevivientes, verán vulnerado su derecho a estar correctamente informados.

SEGUNDA TRAMPA: LA OBSOLESCENCIA DEL MODELO DE NEGOCIOS

La segunda trampa, la obsolescencia del modelo de negocios tradicional de los medios de comunicación, está vinculada con la primera, la de la masividad. Está claro que un medio de comunicación tiene (o debería tener) una ventaja sustancial que lo diferencia de cualquier otro emisor de mensajes: cuenta con el acceso a las fuentes, con los archivos que le permiten contextualizar los datos provenientes de esas fuentes, y con el conocimiento, las técnicas, el «know how» capaz de darle un «plus» de calidad a su producto periodístico.

Pero ya salido del horno tal producto periodístico, el medio chocará contra la realidad: lo que ha producido no es masivo; y eso conspira contra su capacidad de absorber pautas publicitarias.

Aquí es donde el medio cae en la trampa: necesitado de masividad para conservar sus fuentes de ingresos, comenzará a adaptar su producto al «nuevo paradigma». Los mensajes serán cada vez más simples, menos analíticos, más orientados hacia monos deslumbrados por el reflejo de una banana en el espejo que a ciudadanos necesitados de conocer los acontecimientos de su tiempo, contexto e interpretación incluidos.

Pero la trampa no ha cesado de actuar. Convertido su producto, antes periodístico, en una colección de publicaciones insustanciales de consumo masivo, el medio se encontrará ante otra dura e inesperada realidad: deberá ponerse a competir con cientos de miles de mensajes similares, emitidos a través de las redes sociales por una multitud de personas que nada tienen que ver con la información de interés público (ni tedrían por qué tenerlo). Aquel viejo análisis concienzudo de la relación política entre un municipio y el gobierno provincial, travestido en una foto del intendente dándole la mano al gobernador, deberá competir en «llegada» con el video del Cholo revolviendo el guiso de lentejas o con una imagen de San Pichulo al que le agradecen los favores concedidos.

El modelo de negocios ha colapsado. El mensaje publicitario, que antes circulaba vinculado con el interés que despertaba el producto periodístico, ahora viaja solo, independizado de cualquier otro medio. Y al convertirse en mensaje con formato de «nuevo paradigma», el viejo y machucado producto periodístico dejó de existir.

¿Y?

Por supuesto, una cosa es diagnosticar y otra muy diferente encontrar las soluciones. Hoy no tenemos respuestas; pero la situación es la descripta. No existe otra realidad que la creada e impuesta por el poder a través de su oligopolio comunicativo; tampoco una manera eficaz de enfrentar a esa poderosa maquinaria de creación de sentido común; y ni siquiera contamos con la posibilidad de montar un negocio informativo rentable con el cual sobrevivir hasta que amaine la tormenta.

La decisión, entonces, es la de continuar haciendo periodismo tal como lo conocimos. Sabemos que el rédito económico será escaso y que estaremos llegando a un sector minoritario, posiblemente cada vez menor, de la población. Pero es lo que nos gusta hacer; lo que sabemos, para lo cual nos hemos preparado y en lo que podemos recoger la experiencia de muchos años, inclusive de quienes nos precedieron, para seguir adelante.

Lo único que tenemos para decir, mientras celebramos un nuevo Día del Periodista, es que continuaremos trabajando duro para satisfacer a quienes desean ejercer su derecho a la información veraz, honesta y sincera, que brindaremos con la complejidad que fuere necesaria como aconseja el «viejo paradigma».

Clyfer

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