Dios parece ponerse viejo


Que las antiguas calamidades, que enviaba para castigarnos, hayan dado paso a las actuales epidemias de cotillón, no deja de ser un alivio; pero aun así, la decadencia divina entristece. ¿O será la humanidad la que se ha reblandecido, convirtiendo al pecado en un acto insulso, olvidable... e inimputable?

Muy lejos en el tiempo han quedado las calamidades que desde el cielo azotaban a la humanidad como castigo a sus pecados. Eran épocas en las que reinaba la moral heroica; la traición era verdadera traición; una palabra podía significar la guerra; una mancha en el honor se pagaba con la vida, y la insolencia del hombre causaba la ira divina, que se manifestaba con implacable violencia.

Por aquellos días, Dios no se andaba con chiquitas; nos mandaba diluvios universales, erupciones volcánicas capaces de extinguir especies, terremotos y maremotos catastróficos, y epidemias de tifus, peste negra, viruela, cólera, sífilis, todas suficientes para darle a millones un pasaje al otro mundo.

Pero el tiempo pasó, y con él la virulencia divina. La humanidad no parece haber dejado de pecar; y sin embargo, aquellos trágicos castigos se han convertido en simulacros, parodias de catástrofe, epidemias de resfrío cuyos vectores principales son la televisión y el Facebook.

No es que estemos añorando tiempos en que los seres humanos caíamos como moscas; en absoluto. La fragilidad del castigo no deja de ser un alivio. No obstante, genera un sentimiento de tristeza, o más bien de melancolía, esta certeza creciente de que la antigua omnipotencia divina es, cada vez más, impotencia.

¿O será que los nuevos castigos se corresponden con las también novedosas formas de pecar; con la moral burguesa sometiendo a la heroica; con el aburrimiento cabalgando sobre el éxtasis de la libertad; y con, al fin, el reinado absoluto del nihilismo que predijo Nietzsche?

Quizás las actuales tragedias de cotillón no sean sino una sentencia justa, proporcional a nuestras maldades empantanadas en el fango de la intrascendencia. El coronavirus podría ser la tibia epidemia que nos condena a permanecer vivos; la que supimos ganarnos, como dice Dante, por pertenecer al triste rebaño "de aquellos que vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio, confundidos entre el perverso coro de los ángeles que no fueron rebeldes ni fieles a Dios, sino que sólo vivieron para sí".

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