A cada paso una peña...


Sorprende la superpoblación de eventos, que llega de la mano con la creciente transferencia de riqueza desde la comunidad hacia el sector financiero.

Muchos se han sorprendido, y sobre todo el periodismo –que históricamente brindó amplia cobertura a estos eventos–, por el inusitado aumento de la cantidad de cenas, peñas, varietés, shows, cafés concerts, festejos, celebraciones, reuniones de todo tipo organizadas por las instituciones de la comunidad.

Una hipótesis perfectamente plausible para explicar este fenómeno consiste en advertir hasta qué punto la estrechez económica a la que se ha sometido a la comunidad toda, sin distinción "de pelo ni marca", impulsó a las entidades de bien público a organizar todo tipo de eventos en los que, más allá de particularidades, los primeros actores siempre son los chorizos, el asado, las pizzas, las empanadas y todo aquello que permita recaudar algún pesito con el que pagar los gastos propios de la institución, cuyos valores han llegado a niveles absolutamente irracionales (y no muestran intenciones de detenerse, más allá del "veranito electoral").

El periodismo rojense siempre prestó atención a estas actividades como una manera de colaborar; y las instituciones asumían sus propias políticas de relación con las demás, planificando fechas de manera de evitar superposiciones. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha agudizado la necesidad, y ya no queda demasiado espacio para ningún alarde de cortesía.

Claro que toda carta tiene contra, como dice el tango; y en este caso, hay que tener en cuenta que el "ajuste económico" no solamente afecta a las instituciones, sino a toda la sociedad. Por ende, cada vez son menos quienes están en condiciones de colaborar adquiriendo tarjetas, entradas, o bien productos de buffet que también suben de precio, en necesaria concordancia con la "marcha de la economía".

Son situaciones que, lamentablemente, derivan de la prioridad uno, absoluta, que tenemos hoy los argentinos (aunque muchos no lo queramos y otros ni siquiera lo sepan): garantizarle una renta fabulosa a los sectores muy minoritarios y concentrados que especulan en la timba financiera.

No podemos decir que sea una desgracia, ya que claramente es una decisión política; pero hoy en nuestro querido país ya no vale el trabajo, ni la vocación emprendedora, ni las ideas puestas al servicio de la innovación. Lo único que vale es el dinero, dedicado exclusivamente a producir más dinero mediante la manipulación del valor del dólar, los bonos de emisión de deuda, la fijación de precios y tarifas demenciales, los fondos de inversión, y el resto de toda esa parafernalia perversa con la que han reemplazado a lo que otrora fueron la fábrica, el laboratorio, el taller.

Nuestras instituciones lo sufren, como lo padecen todos y cada uno de los miembros de esta comunidad. Pero comprender la situación es el primer paso para transformarla; hay que tener claro eso.

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