El pasado que se resiste a morir


Si de llegar con un mensaje a toda la comunidad se trata, ¿es posible que alguien en su sano juicio ignore que hay métodos más sencillos, eficaces y, sobre todo, no contaminantes, que andar por la calle a los gritos subido a una camioneta?

En la era de la comunicación digital y las redes sociales, y viviendo en una ciudad pequeña que, justamente por eso, presenta algunas ventajas sobre las grandes, como la inexistencia de contaminación acústica, ¿hasta cuándo será necesario seguir soportando que un energúmeno a los gritos, arriba de una camioneta con un amplificador, recorra las calles "haciendo publicidad sonora"?

¿Utilizar este método medieval desde un avión (algo que también hace el energúmeno) le parecerá un avance tecnológico insuperable? Habría que avisarle que eso está prohibido en Rojas.

Lo cierto es que este tipo de publicidad propia de los comienzos del siglo pasado probablemente tenga sus raíces en los antiguos trovadores, que contaban las noticias en las plazas y otros lugares públicos; y también un antecedente: las "propaladoras", antepasado de las radios, algo que en Rojas se conoció como "la publicidad". Se montaban varios parlantes de gran potencia distribuidos sobre los techos de algunas viviendas, en el casco urbano, y así eran emitidos los programas que la gente podía escuchar en las calles o bien en sus casas, porque el volumen lo permitía.

Claro que después pasaron dos cosas: una, que la contaminación acústica empezó a ser percibida como un problema grave, en las ciudades grandes y, como vemos, también en las pequeñas. En las mayores, debida a causas de muy difícil erradicación, como la actividad industrial, el transporte automotor, la presencia de aeropuertos, etcétera. Y en los pueblos, donde todo eso afortunadamente no ocurre, la contaminación de ese tipo proviene de otras fuentes, absolutamente evitables, como la que nos ocupa en esta nota sobre el energúmeno precedentemente citado, y también sobre la costumbre de organizar "fiestas" que consisten en mantener en vilo a los vecinos, a varias cuadras a la redonda, hasta cualquier hora de la madrugada. El segundo suceso fue el desarrollo de la tecnología de la comunicación, sobre lo que no es necesario abundar. Entre ambos volvieron obsoleta a la "publicidad sonora", y la revelaron como lo que es: una práctica dañina.

Los circos inevitablemente apelan a estos métodos publicitarios del pasado que, cabe acotar, están todavía regulados por la normativa municipal. La "publicidad sonora" está reglamentada en la ordenanza N° 2.853 sancionada en el año 2005, que impone una tasa para poder llevarla adelante. Pero también hay otros actores contaminantes que no pertenecen a circo alguno (deseamos creerlo) como ciertos dirigentes, agrupaciones o partidos políticos, e inclusive empresas y comercios que promocionan descuentos, ofertas y otros beneficios.

La ordenanza 2.853 tiene casi quince años y ya reconocía, en sus considerandos, que la contaminación acústica es un problema. Por ende estableció horarios (un absurdo, ya que no se puede predecir cuándo algo molesta y cuando no), y directamente prohíbe, en su artículo 4°, la utilización de aviones. Textualmente: "Prohíbase en el partido de Rojas los anuncios aéreos de cualquier naturaleza ejecutados por medio de maquina volante o aerostato."

Esta norma, dedicada exclusivamente a la "publicidad sonora", debería ser derogada, por los daños y molestias que causa esa modalidad de comunicación; y posiblemente también debería sancionarse otra que establezca instancias educativas, de formación y capacitación, para que los energúmenos se enteraran de que, como se ha dicho, hay maneras más sencillas, eficaces, y menos contaminantes que la que utilizan para hacer conocer sus cosas.

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