El hospital, zona de conflicto


Violencia y daños provocados en el Unzué por familiares de un accidentado fueron denunciados hace algunos días. Pero no es la primera vez que ocurre, y seguramente no será la última; ni es el único lugar donde sucede. Situaciones lamentables que obedecen a concepciones erróneas sobre qué es una emergencia.

Hace algunos días trascendió una noticia que daba cuenta de disturbios serios ocurridos en el hospital Unzué, donde familiares de un accidentado cuya vida estaba en riesgo amenazaron a personal profesional y paramédico, y produjeron daños en las instalaciones. Un suceso que ya había ocurrido varias veces en Rojas, también en otros hospitales del país, y con toda probabilidad volverá a suceder porque es el resultado de un error de interpretación de lo que significa una emergencia.

Muchísimos de los problemas que sufrimos como sociedad están originados por la convicción –falsa– de que ciertas situaciones pueden entenderse como fenómenos individuales, cuando son colectivos. Y una emergencia es uno de tales hechos mal interpretados.

Cuando ocurre un accidente, por ejemplo, el sentido común imperante indica que el o los heridos son las "víctimas" y a ellos hay que dedicar la totalidad de los esfuerzos, relegando todo lo demás. Esta convicción de que el sujeto de la emergencia es únicamente el accidentado es, como se ha dicho, falsa, y en muchos casos origina todo tipo de calamidades, incluidas las amenazas y daños ya citados, pero también muchas otras.

Ese sentido común imperante, la "normalidad", un imaginario construido a partir del prejuicio antes que del conocimiento, quizás sirva para ganar elecciones o para comentar en Facebook; pero jamás será útil para dar respuestas a los problemas reales, porque éstos tienen sus raíces en las cosas tal como son, y no como a uno le gustaría que fueran.

La realidad es que un accidente siempre involucra a un grupo más o menos numeroso de personas, entre las cuales están los directamente afectados y también sus familiares, allegados más cercanos, esto es, aparece un conjunto de situaciones de naturaleza diversa –médica, psicológica, etcétera–, todas las cuales configuran la emergencia.

Un sistema que se precie de dar respuestas adecuadas a estas situaciones extremas, por ende, deberá tener la capacidad de manejar todo: desde la estabilización y tratamiento de los pacientes cuya vida puede estar en peligro, hasta la contención del resto del grupo involucrado, a cuyos miembros no cabe pedirle que tomen decisiones racionales cuando, obviamente, lo que prima son las emociones. Y nadie puede saber de antemano como reaccionará en una situación límite.

Por supuesto que amenazar y romper propiedad pública son delitos. Pero si usted, lector, llegó hasta esta altura de la nota, con toda seguridad no está esperando leer obviedades. Sí, por supuesto; ¿y? Alguno hasta podría pretender una solución policial al problema. Por piedad, seamos misericordiosos e ignorémoslo por ahora.

El manejo eficaz de una emergencia como lo que es, algo que afecta a un conjunto, implica la necesidad de contar no sólo con recursos humanos y equipamiento capaces de salvar vidas, sino además con gente preparada para dar contención y respuestas a los que no han visto comprometida su integridad física, pero que en unos pocos minutos pasaron de vivir en la normalidad a sufrir una situación extrema, y merecen y necesitan atención, porque esto es parte de la "calidad de vida" de la que permanentemente hablamos. Y también con personal de seguridad idóneo y bien capacitado, para el caso de que aún así, las cosas se salgan de su cauce.

Es verdad que un sistema semejante exige la existencia de más personal y recursos económicos; que en los demás hospitales no existe nada parecido; que los allegados a un accidentado "deberían comportarse correctamente"... un millón de argumentos más podrían oponerse al planteo del tratamiento colectivo de la emergencia. Argumentos que, nacidos del sentido común más cercano a una expresión de deseos que a la realidad, está archidemostrado, jamás darán una sola respuesta concreta.

Una emergencia afecta a todo un entorno; pero esto no se entiende así, y esa incomprensión genera problemas. El sentido común encontrará múltiples explicaciones y expresará deseos con un rigor teórico propio de cualquier comentarista de redes sociales virtuales; pero un Estado que se precie de resolver los problemas de su pueblo, no puede moverse y decidir en esos niveles. La realidad habla y es menester escucharla y entenderla, no interpretarla con el filtro del "sentido común".

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N. de la R.: El Portal de Rojas se solidariza con los médicos y enfermeros que recibieron amenazas y maltrato, ésta y las demás veces. También ellos son víctimas de un sistema imperfecto que hay que transformar cuanto antes.

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