Dieciocho años de obediencia

Escribe: Verónica Millanovich.
En tiempos actuales y no tan actuales, es habitual escuchar a los adultos manifestando su insatisfacción sobre los adolescentes. Critican su actitud de estar pasivos ante la vida, su falta de objetivos, critican su apatía por lo cotidiano, su falta de colaboración, su poco interés por el aprendizaje. ¿Acaso estos adolescentes se criaron solos en una isla, o fuimos nosotros, los adultos, quienes acompañamos su desarrollo? No, no se criaron solos, nosotros, los adultos, estuvimos con ellos. Entonces nos podemos preguntar ¿qué hicimos nosotros, los adultos, para que nuestros niños muestren esta falta de interés ante la vida?

A lo largo del desarrollo del niño, uno de los principales objetivos de nosotros, los adultos, es que el niño nos obedezca, que nos «haga caso» a nuestro deseo: –bajate de ahí que es peligroso; no toques eso que se puede romper; no te desabrigues que te vas a enfermar; no te saques los zapatos; para los cumpleaños, esta ropa; los nenes no lloran; es obligación estudiar inglés; no te doy pinturas porque te vas a ensuciar; no juegues con barro que se te ensucian las manos; tenés que hacer un deporte; las nenas no pelean; sos caprichoso; tenés que tomar la comunión, y no preguntes por qué; basta, estoy apurado; tenés que besar a la abuela; no te enojes por eso; no llores que no es nada ¡porque lo digo yo!

En la escuela se repite la historia: –no llores que mamá ya viene; no seas «maricón»; ¡no griten! (gritando); sentados, no se pueden levantar; no hablen; al baño solo en el recreo; sentate derecho; cruzados de brazos que vamos a leer un cuento; el recreo es para tomar agua e ir al baño, no se puede correr; formen fila; ahora matemáticas y no se puede leer; no se puede opinar porque es así; el mejor en sus notas va a tener el honor de llevar la bandera (todos contra todos; ¿acaso la bandera no es de todos y nos representa en unidad?).

Cuando vemos a un adolescente sentado en un sillón, apático, concentrado en sí mismo, ¿es eso lo que vemos, o lo que vemos realmente es un adolescente desconectado de sus deseos, de sus emociones, de su propia voluntad, esperando cual soldado que le digan cómo debe continuar, como lo hizo durante dieciocho años

Dieciocho años de obediencia continua a una voluntad ajena; dieciocho años cumpliendo con expectativas sociales muy alejadas de sus deseos; dieciocho años silenciando su yo interior ante el poder de los adultos que lo reprimen y no lo escuchan.

De repente, a los dieciocho años les abrimos la posibilidad de decidir; pero ¿cómo lo van a lograr si nunca pudieron decidir? Los adolescentes han perdido las fuerzas ante el poder represor del adulto, no saben qué quieren ser porque nunca pudieron experimentar ni aprender del error; sienten que no se conocen porque nunca pudieron elegir siguiendo su propio interés; no saben cómo proceder porque nunca establecieron objetivos para sus propios actos.

Llegó el momento de entender que los adultos no debemos moldear al niño. Debemos entender que el niño es poseedor de una vida propia con características especiales y tiene sus propias metas. Debemos permitir al niño crecer guiado por su naturaleza interior. Nosotros, los adultos, debemos protegerlo, escucharlo, reconocerlo como una persona independiente con derechos propios, brindarle los medios para desarrollarse y engrandecer su personalidad y sobre todo amarlo incondicionalmente.

Verónica Millanovich
Proyecto Educativo Amanecer


«¡Si en verdad ansiamos la hermandad y la comprensión entre los hombres, que haya hermandad y comprensión entre el adulto y el niño!» María Montessori.

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