¿Si a la bolsita la pagás, no contamina?

A partir de mayo de 2017 quedará prohibido que los comerciantes entreguen bolsas de polietileno a sus clientes, en el marco de la ordenanza N° 3446 sancionada con el voto favorable de todos los concejales en noviembre de 2011.

Esta medida vendrá a quebrar un modelo del que nuestra comunidad viene participando desde hace veinte años, que consiste en que el vecino compra y recibe la bolsita, que luego utiliza para embolsar los residuos y sacarlos a la calle, de donde los recogerá el recolector para llevarlos al sitio de su disposición final.

Claro que este recorrido no ha sido desbaratado en su conjunto sino apenas quebrado en un punto: la entrega (gratuita) de bolsitas por parte del comerciante. La obligación para los vecinos sigue siendo colocar los residuos en "bolsas plásticas cerradas" como requisito indispensable para que el recolector se los lleve, según establece otra ordenanza, la N° 2642/2002:

"Prohíbese en todos aquellos sectores de la ciudad de Rojas, Carabelas, Rafael Obligado y Los Indios donde no se esté implementando el sistema de recolección diferenciada de residuos (no se está implementando en ninguna parte), el uso de tachos con residuos sueltos, adoptándose para el depósito de los mismos bolsas plásticas cerradas, ubicadas fuera del alcance de los animales a través de la utilización de cestos, varillas para colgar o contenedores con tapa." (Esta ordenanza es modificatoria de otra, la 2144 sancionada en 1996, año en que se prohibió tirar la basura en baldes abiertos.)

El resultado final de este corpus normativo es que el vecino ya no recibirá bolsitas regaladas por el comerciante, sino que deberá adquirirlas para poder embolsar legal y convenientemente sus residuos, con resultado neutro para la protección del medio ambiente, positivo para el comerciante que ahora venderá lo que antes regalaba, y negativo para la comunidad que deberá comprar las bolsas para la basura.

Muy probablemente no quepa acusar a los concejales de sancionar una ordenanza en beneficio de los supermercados y otros comercios; por el contrario, el expuesto parece ser un ejemplo de lo que ocurre cuando, por demagogia, se elige reemplazar los razonamientos por consignas. Los resultados están a la vista.

Lo mismo ocurre con las profundas e interminables disquisiciones acerca de la disposición final de los envases que han contenido agroquímicos.

En este caso sucede que una persona compra un bidón, supongamos, de diez litros de algún producto; seguidamente esparce, rocía, pulveriza, arroja al suelo prácticamente todo su contenido; si queda algún residuo es porque no ha encontrado la manera de extraerlo para tirarlo al suelo.

Pero a partir de ese momento comienza otro proceso: el de la discusión sobre el destino del envase. Se debatirá arduamente sobre la utilidad del triple lavado, sobre las características que deben tener los depósitos donde se los dejará hasta el momento de su reciclado, y sobre la manera en que deberán reciclarse para evitar, luego de que los diez litros de producto ya están en el suelo desde hace rato, que lleguen al mismo lugar las dos gotas que por pura ineficiencia del usuario quedaron en el fondo del bidón.

Es evidente que en ambos casos expuestos los resultados de las medidas adoptadas o que pudieren adoptarse en el futuro están muy lejos de lo que se pretende. Ni el reemplazo de las bolsitas regaladas por otras compradas, ni el impedimento de que el 0,0001 por ciento de los agroquímicos llegue al suelo luego de que fue arrojado todo el resto, harán mucho por la salud del medio ambiente.

De lo cual se deduce, dada la obvia necesidad de proteger al planeta (que es la casa de todos), que al medio ambiente hay que cuidarlo, antes que nada, de los que lo "cuidan".

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