"Evaluación educativa": parte de la pelea entre un forzudo sin alma y un cadáver

Por estos días ha surgido una polémica en torno de la llamada "evaluación educativa", una iniciativa del gobierno bonaerense que consta de una serie de exámenes a implementarse en todas las escuelas de la provincia.

Ante esto, dos aclaraciones: primera, que si bien no es un asunto que ataña a Rojas con exclusividad, nuestra ciudad forma parte del mundo, del país y de la provincia, y por ende también aquí se discute sobre tal evaluación. Y segunda, que el propósito de este editorial no es opinar sobre esa decisión puntual sino sobre el marco teórico en la cual se inscribe, algo que debería ser tenido en cuenta por cualquiera interesado en sumarse a la discusión, ya sea para apoyar o rechazar.

El marco más general donde se inscribe la "evaluación" es la transformación profunda del sistema productivo ocurrida en esta segunda etapa de la modernidad que vivimos, con sus consecuentes cambios en la economía y también en la sociedad. Y el particular, la manera en que los sectores que controlan la economía, los que tienen en sus manos los procesos de acumulación del capital, pretenden ahora imponer sus paradigmas a los sistemas de formación de las nuevas generaciones, tal y como hicieron a principios del siglo XIX con la creación y moldeo de la institución "escuela".

Las transformaciones educativas están siendo impulsadas desde muchos sectores y en todo el mundo, habida cuenta de que más allá de desacuerdos, inclusive profundos entre muchos de tales impulsores, hay una convicción común y es la de que la escuela, tal como la conocimos, ha dejado de ser una herramienta apta para la formación de niños y jóvenes. En esto no hay desacuerdos; la disputa comienza cuando hay que diseñar alternativas... tal como ocurrió en el siglo XVIII cuando el industrialismo y la ilustración se impondrían, creando la escuela, sobre "las pretensiones de las clases populares de delinear un sistema educativo que propendiera a su propia emancipación" (Julia Varela y Fernando Alvarez Uría, "Arqueología de la escuela").

Las visiones del industrialismo, que ha sido reemplazado por un nuevo sistema productivo muy diferente (cuyas características no serán analizadas aquí), y de la ilustración (de la cual sólo quedan ruinas) hoy se han transformado y podrían ser englobadas, por lo menos en pos de la comodidad para la construcción del relato, en lo que se denomina "neoliberalismo".

Este neoliberalismo cuenta con herramientas aptas para su reproducción a lo largo del tiempo: controla la economía y los medios de comunicación. Sin embargo, no puede darse el lujo de desdeñar los sistemas educativos formales, y así es como está diseñando su nuevo paradigma e impulsándolo en diferentes lugares del mundo.

El paradigma neoliberal de la educación está basado en varios antecedentes que podrían sintetizarse en la "teoría del capital humano", uno de cuyos autores principales es el economista norteamericano Gary Becker.

Esta teoría considera a la educación como una "inversión", y a sus resultados como "capital", que está integrado, entre otros elementos, por "la acumulación de inversiones anteriores en educación, formación en el trabajo, salud y otros factores que permiten aumentar la productividad" (GB).

De tal manera, las bases del nuevo paradigma educativo neoliberal están vinculadas al proceso de acumulación de la economía al punto en que en lugar de pretender un sistema inclusivo y solidario, capaz de posibilitar su desarrollo a todos los niños y jóvenes, apunta a uno competitivo y excluyente... ni más ni menos que el traslado de los métodos de selección de "recursos humanos", que hoy se realiza en la empresa, al sistema educativo. El objetivo final de la educación no será ya el desarrollo de la persona, de sus aptitudes y de su capacidad de desempeñarse en la vida, sino la ampliación de sus posibilidades de empleabilidad "con miras a aumentar su productividad futura y sus rentas" (GB). Dentro de la empresa y como empleado, por supuesto; es lo que pretende el paradigma neoliberal de educación pública.

¿HAY OTRO PARADIGMA POSIBLE?

No sólo hay "otro" paradigma posible; hay un montón. Pero lo que se observa hoy es que quienes rechazan al neoliberal no han adoptado ninguno de ellos, sino que se han embarcado de manera suicida en la pretensión de resucitar un muerto: el modelo escolar del siglo XIX.

Hay algo que a nivel general no se comprende muy bien, y sería muy bueno que se fuera aclarando, por el futuro de la calidad del debate: la escuela no es "liberadora" y por ende opuesta al sistema neoliberal "opresivo". La escuela fue la herramienta creada por el sistema de acumulación capitalista en momentos de la industrialización, y no para liberar sino para generar "recursos humanos" dóciles y dispuestos a trabajar parte del día a cambio de un salario; el modelo que marcó los tiempos hasta mediados del siglo XX.

La escuela no forma, en absoluto, desde sus "contenidos curriculares" sino con su práctica: el establecimiento de jerarquías rígidas, el respeto obligatorio a una normativa propia, absurda e inexistente en otros ámbitos de la sociedad; el encierro en espacios pequeños; la producción de verdades a partir de mecanismos pretendidamente evaluatorios como el examen; y muchos otros métodos. Lo que se dice en las aulas es irrelevante frente a lo que se hace.

El modelo de "ciudadano" que la escuela es capaz de producir, dócil y dispuesto a vender su tiempo, ya no le sirve al sistema productivo, que se ha transformado y necesita otro tipo absolutamente distinto de "recurso humano", más libre, creativo y comprometido con la empresa. Acorde con los nuevos conceptos biopolíticos, el empleado del neoliberalismo no debe ser alquilado sino de propiedad de la empresa que lo utiliza; debe sentirse parte, y hacerlo por decisión propia, tomada en libertad. Obviamente, un personaje de estas características ni en sueños podría ser producido por una "institución de secuestro" (M. Foucault) como la escuela. (En los últimos tiempos se ha llegado a ver una paradoja escolar irresoluble: jóvenes a quienes se encierra contra su voluntad en un aula para obligarlos a ser libres).

DEBATE REAL VS. DEBATE POSIBLE

Los impulsores del paradigma neoliberal del sistema educativo han comenzado a caminar, y lo hacen como se ha descripto en esta nota, más allá de las declaraciones públicas que pudieren hacer. Pero quienes pretenden resistir, en lugar de hacerlo a partir de promover otro paradigma posible, lo hacen intentando resucitar el viejo y perimido modelo escolar.

Es obvio que, dada la pelea entre un vivo y un muerto, el triunfo será del primero sin que tenga ninguna importancia cuáles sean sus características.

El movimiento social que hoy se opone a la "evaluación educativa" como parte de su rechazo al paradigma neoliberal debería replantearse su estrategia. Docentes, profesionales, padres y madres de niños y jóvenes que pretenden un futuro mejor para las jóvenes generaciones necesitan con urgencia adoptar un paradigma factible para poder aspirar al éxito.

Oponer un sistema inclusivo y solidario a otro competitivo y excluyente parece una idea interesante; no obstante, hasta aquí no son más que palabras. El debate exige ideas, pero coherentes con la realidad, con la manera en que la sociedad funciona y con las visiones de los actores que se desempeñan en esa sociedad. Así como no son recomendables las utopías, tampoco lo es la intención de encomendarle a un cadáver, el de la institución "escuela", que se ponga al frente de la pelea contra el forzudo neoliberal que hoy está más vivo y saludable que nunca.

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