Por una mejora real: pensar la seguridad

El delito, en Rojas, existe; pero con índices bajísimos si se los compara con otras ciudades parecidas, inclusive las de la zona. Por ende, lograr una mejora de los números reduciendo la cantidad y gravedad de los hechos es un objetivo posible... aunque esto únicamente se logrará si se trazan estrategias con inteligencia, descartando tanto medidas desesperadas como las que están obligados a tomar en lugares en emergencia, como políticas basadas en prejuicios populares, por muy extendidos que ellos estuvieren.

El Intendente Municipal, Claudio Rossi, acaba de expresar duras críticas hacia el sistema judicial de Junín; y sus palabras no son sino el eco de un reclamo amplio que existe en nuestra ciudad. Claro que hay que entenderlas en su texto y su contexto para no malinterpretarlas.

Cuando Rossi se manifiesta "frustrado por el desempeño de la Justicia" y explica tal decepción diciendo que "no da las respuestas adecuadas" no se refiere exclusivamente, como alguien apresuradamente podría suponer, a que no se mete en la cárcel a medio mundo. Y esto no podría ser de otra manera porque (como se verá a continuación) el uso de las herramientas de que los jueces disponen (la cárcel es apenas una de ellas) debe realizarse con inteligencia, ya que cometer errores en esta materia lleva inevitablemente a empeorar aquellas situaciones que deseamos mejorar.

En primer término deberíamos aclarar que "dar las respuestas adecuadas" es ni más ni menos que cumplir cabalmente con las funciones para las que alguien ocupa un puesto. Y la realidad indica que las causas judiciales que involucran a personas de Rojas "duermen el sueño de los justos" en los cajones del Departamento Judicial de Junín. Muy raras veces ocurre aquello que debería ser la norma: que los imputados sean llevados a juicio.

Las causas "duermen", en muchos casos prescriben, y de esa manera ni siquiera podemos hablar de "reincidencia" cuando el mismo sujeto comete delitos reiteradamente, ya que lo que solemos llamar "antecedentes" lo son sólo de estar imputado. Normalmente, jamás hubo una condena. Técnicamente, no hay antecedente ninguno.

CUANDO LA CARCEL ES "ESCUPIR PARA ARRIBA"

Si el deseo popular es que alguien que se supone autor de delitos vaya a la cárcel, debemos aclarar que podría tratarse de un error gravísimo. De hecho, en la mayoría de los casos sería muchísimo peor el remedio que la enfermedad. Y decimos "se supone autor de delitos" porque, de acuerdo con lo dicho más arriba, el individuo de marras seguramente jamás fue ni juzgado ni condenado.

Creer que la cárcel cumple efectivamente una labor correctiva sobre un delincuente es una fantasía que tiene raíces históricas y proviene de la organización del Estado monárquico francés del siglo XVIII.

Existía en ese país un instrumento denominado la "lettre-de-cachet", que no era una ley o un decreto sino una orden del rey referida a una persona a título individual, por la que se le obligaba a hacer alguna cosa. Podía darse el caso, por ejemplo, de que una persona se viera obligada a casarse en virtud de una "lettre-de-cachet", pero en la mayoría de las veces su función principal consistía en servir de instrumento de castigo.

El pensador francés Michel Foucault se explaya abundamente sobre esta fantasía de "cárcel correctora" en "La verdad y las formas jurídicas", un libro que recoge cinco conferencias brindadas en Brasil en el año 1973. Señala el filósofo que "cuando la "lettre-de-cachet" era punitiva resultaba en la prisión del individuo. Pero es interesante señalar que la prisión no era una pena propia del sistema penal de los siglos XVII y XVIII. Los juristas son muy claros con respecto a esto; afirman que cuando la ley sanciona a alguien el castigo será la condena a muerte, a ser quemado, descuartizado, marcado, desterrado, al pago de una multa; la prisión no es nunca un castigo. La prisión, que se convertirá en el gran castigo del siglo XIX tiene su origen precisamente en esta práctica para-judicial de la "lettre-de-cachet"".

La característica principal de esta modalidad punitiva, según Foucault, era que "el individuo que era objeto de una "lettre-de-cachet" no moría en la horca, ni era marcado y tampoco tenía que pagar una multa; se lo colocaba en prisión y debía permanecer en ella por un tiempo que no se fijaba previamente. Estipulaba que el individuo debía quedar bajo arresto hasta nueva orden y ésta sólo se dictaba cuando la persona que había pedido la "lettre-de-cachet" afirmaba que el individuo en prisión se había corregido".

"La idea de colocar a una persona en prisión para corregirla y mantenerla encarcelada hasta que se corrija, idea paradójica, bizarra, sin fundamento o justificación alguna al nivel del comportamiento humano, se origina precisamente en esta práctica", concluye, tajante, Michel Foucault.

LA "FABRICA DE DELINCUENTES"

Descartada de plano la función correctora de la cárcel, es preciso considerar cuáles son los efectos reales de enviar allí a un sujeto, ya que como se verá, es probable que estemos pagando, por mantenerlo alejado durante un lapso muy corto, un precio extremadamente caro.

En ese sentido, es necesario aclarar primero cómo se ha ido transformando la percepción (y luego las prácticas) vinculada con la seguridad en la era moderna.

La transformación ha sido radical: una sociedad que entendía a la justicia como un conjunto de normas que había que cumplir, con sanciones para quien no las cumpliera, se ha convertido en esta segunda etapa de la modernidad en la sociedad de la disciplina y el control. Esta transformación tuvo su correlato en la justicia, y en nuestro caso, también como "herencia" de los juristas de la monarquía francesa.

Cabe traer a colación conceptos del Consejero de Estado Jean-Baptiste Treilhard, que al presentar el Código de Instrucción Criminal, en 1808, afirmaba que "el Código de Instrucción Criminal que por este acto presento es una auténtica novedad no sólo en la historia de la justicia y la práctica judicial, sino también en la historia de las sociedades humanas. En este código damos al procurador, que representa al poder estatal o social frente a los acusados un papel completamente nuevo", y enfatizaba que "el procurador no debe tener como única función la de perseguir a los individuos que cometen infracciones: su tarea principal y primera ha de ser la de vigilar a los individuos antes de que la infracción sea cometida. El procurador no es sólo un agente de la ley que actúa cuando ésta es violada, es ante todo una mirada, un ojo siempre abierto sobre la población". (La "aparente" vinculación entre semejante marco teórico y la actual instalación de cámaras de vigilancia NO es pura coincidencia).

Mientras, los "efectos no deseados", la "productividad negativa" de la cárcel fueron magistralmente explicados por Foucault:

"El sistema de la prisión como castigo fue establecido prácticamente al fin del siglo XVIII. Antes de esa fecha la prisión no era un castigo legal: Se aprisionaba a las personas simplemente para retenerlas antes de procesarlas, y no para castigarlas, salvo casos excepcionales. Bien, se crean las prisiones como sistema de represión, afirmándose que van a ser un sistema de reeducación de los criminales. Después de una estadía en la prisión, gracias a una domesticación de tipo militar y escolar, vamos a poder transformar a un delincuente en un individuo obediente a las leyes. Se buscaba la producción de individuos obedientes."

"Ahora bien, inmediatamente, en los primeros tiempos de los sistemas de las prisiones quedó en claro que ellos no producían aquel resultado sino, en verdad, su opuesto: mientras más tiempo se pasaba en prisión menos se era reeducado y más delincuente se era. No solo productividad nula sino productividad negativa. En consecuencia, el sistema de las prisiones debería haber desaparecido. Pero permaneció y continúa, y cuando preguntamos a las personas qué podríamos colocar en vez de las prisiones, nadie responde."

"¿Por qué las prisiones permanecieron, a pesar de esta contraproductividad? Yo diré que precisamente porque de hecho producen delincuentes, y la delincuencia tiene una utilidad económica y política en las sociedades que conocemos. La utilidad mencionada podemos revelarla fácilmente: Cuanto más delincuentes existan más crímenes existirán; cuanto más crímenes haya, más miedo tendrá la población; y cuanto más miedo haya en la población, más aceptable y deseable se vuelve el sistema de control policial. La existencia de ese pequeño peligro interno permanente es una de las condiciones de aceptabilidad de ese sistema de control, lo que explica por qué en los periódicos, en la radio, en la televisión, en todos los países del mundo sin ninguna excepción, se concede tanto espacio a la criminalidad como si se tratase de una novedad en cada nuevo día. Desde 1830 en todos los países del mundo se desarrollaron campañas sobre el tema del crecimiento de la delincuencia, hecho que nunca ha sido probado, pero esta supuesta presencia, esa amenaza, ese crecimiento de la delincuencia es un factor de aceptación de los controles."

¿QUE HACER?

Demostrado que la cárcel no sólo no corrige sino que produce delincuentes, queda clara la inconveniencia absoluta de enviar allí a personas jóvenes, con poca o nula experiencia en violar la ley, que quizás han cometido algunos delitos, y se enfrentan a dos alternativas: un verdadero proceso de reeducación en el seno de sus familias, de la sociedad, con seguimiento de las autoridades, actuación del Servicio Local y, en todo caso, aplicación de las metodologías del nuevo paradigma de "justicia restaurativa"; o bien ir por un tiempo determinado a la cárcel, de la cual más temprano que tarde regresarán habiendo perfeccionado sus métodos de delinquir, con contactos aceitados con miembros encumbrados del mundo del delito, etc.

Volviendo al principio: en una ciudad como la nuestra, con bajo índice delictivo (en cantidad y calidad), aparece como muy conveniente apelar al ataque contra las causas del delito y la acción del Estado sobre los que se "descarrían" con medidas correctivas y de control, antes que a permitirles que, en la cárcel, perfeccionen sus métodos, se capaciten y adquieran todas las herramientas que necesitan para ser delincuentes hechos y derechos. Con ello, como es obvio, sólo lograremos deteriorar una situación que, por no ser del todo mala, o no tan mala como otras, podría tener muchísimo más para empeorar.

No es casual que la justicia esté embarcada en la búsqueda de nuevos paradigmas. Todo el mundo, a cierto nivel en el manejo de los poderes estatales, sabe que la prisión no sólo no es solución sino que agrava los problemas. Está claro que el intendente Rossi, cuando critica a los jueces, no pretende firmar una "lettre-de-cachet" contra presuntos delincuentes, sino instar a los funcionarios a que cumplan con su deber; esto es, que arbitren las medidas conducentes y ADECUADAS para mejorar la seguridad en Rojas.

Mejorar; ésa es la cuestión. Y ahí llegaremos por el camino de la inteligencia y el conocimiento. Lo hemos afirmado en editoriales anteriores. El prejuicio no nos va a llevar, de eso podemos estar bien seguros.

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