Defender la alegría

Tras presenciar el lamentable episodio futbolístico que entregaron Boca y River el sábado por la noche, y como alguna vez hemos destacado en nuestros editoriales, desde estas líneas queremos insistir en la importancia de cuidar el ameteurismo que tenemos en nuestras canchas.

Lo que hicieron en el superclásico, si a esta altura merece ser llamado así, fue literalmente una vergüenza, la peor expresión que futbolistas profesionales pueden brindar en un terreno de juego. Patadas, protestas y agresiones fueron lo único que entregaron jugadores que ganan millones y que son, para muchos, ídolos en los cuales los pibes buscan un espejo, un ejemplo a seguir, imaginando e ilusionándose con ser alguna vez como ellos.

Para aquellos que amamos el deporte, seamos practicantes o no, que gustamos de un espectáculo donde se juegue lindo y bien, o que al menos tenga como contenido la entrega y las buenas intenciones, lo expuesto por xeneizes y millonarios estuvo a años luz de las expectativas, con el lamentable agregado de estar expuesto en la pantalla de los televisores, con miles de repeticiones durante los días subsiguientes y colegas periodistas tratando de encontrar explicaciones, y justificaciones, para tamaño despropósito.

A nuestros jóvenes, a los que se están formando, los entrenadores y sus padres deberían remarcarles que lo que vieron es exactamente lo contrario a lo que deben hacer para intentar llegar a ser alguien en el fútbol, donde los que triunfan son, casi siempre, aquellos que tratan bien la pelotita, léase Pelé, Maradona, Messi, por nombrar solamente a algunos de los que supieron y saben que la única forma de triunfar es dándole buen destino a la redonda, preocupándose por jugar y hacer jugar a sus compañeros.

Porque nadie estará en contra si decimos que de la forma en que jugaron el sábado, se podrá ganar de vez en cuando algún partido pero jamás un campeonato.

Defendamos desde las escuelas de fútbol y las divisiones juveniles el fútbol bonito, el fútbol inteligente, el que se juega con la cabeza y los pies y no con la lengua ni los gestos antideportivos, ni la canchereada, ni el permanente reclamo a los árbitros, que dicho sea de paso parecen complotados, a partir de errores grandísimos, para hacer aún más deslucido un partido, si bien a su favor se puede decir que es imposible controlar a 22 jugadores cuando no quieren jugar.

En nuestras canchas no jugaron ni Pelé ni Maradona, ni juega Messi, pero hay exponentes que saben hacer las cosas bien, que juegan bien y suelen entregar encuentros entretenidos, con errores propios de quien no vive de este deporte pero con un amor propio que rara vez encontramos en los profesionales.

Se juega por la camiseta, por el honor, para defender los colores de un club, que en muchísimos casos es de los amores de cada futbolista, y eso es lo que debemos seguir cuidando porque, aunque parezca increíble, es muchas veces más interesante ver un partido de nuestra Liga, o del torneo regional, que algún encuentro de los torneos de AFA.

Defendamos la alegría, defendamos las raíces de este deporte tan hermoso, consolidando la base que constituye el fútbol del interior, ese tan vapuleado y olvidado por muchos pero que es, sin dudas, la gran cantera de donde se alimentan los clubes profesionales.

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