Tren sí, tren no: una antinomia sobre la que es necesario actuar

La pretensión de transportistas de que no vuelva el tren a Rojas y los granos sean trasladados exclusivamente en camiones es apenas un indicio de un grave problema, no sólo local sino nacional, que debe ser afrontado con inteligencia y decisión poĺítica para lograr objetivos que todos compartimos, evitándose a la vez que resulten dañados intereses particulares.

En los últimos días tuvimos en nuestra ciudad un ejemplo clarísimo de esto, cuando un nutrido grupo de camioneros realizó un "piquete" sobre las vías para evitar la llegada de un tren que intentaba cargar en la planta de Cargill.

Resultaría ocioso extenderse sobre las innumerables ventajas del tren sobre el camión como medio de transporte de cualquier mercadería en general, y los granos en particular. La economía de recursos no renovables (combustible), un grado de contaminación significativamente menor, el alivio del tránsito en las rutas con su consecuente disminución de accidentes, etc., etc., hacen obvio que el tren es preferible desde todo punto de vista. Excepto, claro, para los camioneros, que con todo derecho realizan sus reclamos.

Esta paradoja tiene una historia que comienza en la década de los 90, cuando el entonces presidente Carlos Menem desguazó el sistema ferroviario argentino, privatizando los ramales más rentables y abandonando el resto. Dicho sistema pasó de tener unos 34.000 kilómetros de vías a menos de 9.000 en el año 2000, y los más de 200.000 trabajadores se convirtieron en apenas 12.000. Se calcula que también unas 800 estaciones fueron cerradas, y centenares de pueblos chicos quedaron incomunicados.

Esta decisión produjo una expansión importante en el sector transportista terrestre. Si bien la actividad industrial también se redujo drásticamente en esa época, y la producción rural enfrentó problemas muy serios, la cantidad de camiones creció considerablemente; un aumento que se convirtió en exponencial luego de 2003, cuando la Argentina comenzó a crecer a tasas promedio del 7 u 8 por ciento anual.

La necesidad de reactivar el sistema ferroviario es un imperativo permanente. Y en ese sentido, las autoridades actuales han dado sólo algunos pequeños primeros pasos. Pero está claro que, si no se toman medidas, en el momento en que haya una política enérgica de recuperación de los trenes también habrá numerosos perjudicados: los transportistas que, alimentados por la ausencia del tren, han aprovechado todos estos años para invertir, capitalizarse, progresar y brindar mejores servicios.

Encontrar la solución a esta paradoja es algo que excede las posibilidades de esta columna. Sin embargo, debe llamarse la atención sobre la necesidad de hallar una. El sistema ferroviario debe resucitar, convertirse nuevamente en canal de tránsito de mercaderías por el interior y hacia los puertos, como lo fue antaño. Pero esto no debe hacerse a costa de sacrificar a un sector económico como el transportista, que hoy contiene a muchos miles de familias argentinas.

La decisión debe ser, como se dijo al principio, encontrar una política de transportes enérgica pero inteligente; que lleve de nuevo al ferrocarril al puesto de privilegio que nunca debió abandonar, dándole a la vez a los transportistas una solución razonable, que les permita sostener sus ingresos y alimentar a sus familias.

Cuando el turco riojano más famoso del mundo destruyó el sistema ferroviario (luego de pronunciar su histórica frase, "ramal que para, ramal que cierra"), dejó en la calle a 200.000 familias. Se trata ahora de reparar aquella nefasta decisión, pero sin producir un daño social equivalente. No es un desafío fácil... pero hay que lograrlo.

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