La educación especial: un espejo en el que mirarse

Un aniversario que se está cumpliendo por estos días, el de la Escuela de Educación Especial N° 501, constituye una buena oportunidad para reflexionar sobre modelos educativos en general, y sobre cómo el que eligió esta rama tan particular del sistema escolar debería convertirse en un espejo para que se miraran las demás.

En primer término hay que aclarar que la educación especial no forma parte de la escuela sarmientina (derivada a su vez de la prusiana, meramente represiva). Si bien existieron experiencias previas, en la que gracias a la escuela "normal" se entendía a la "especial" como "diferente" (concepto con un alto grado de menoscabo), a partir del año 1949, cuando se crea la Dirección de Educación Especial, y sobre todo en la década de los '60, cuando las ciencias sociales dan un giro sustancial y comienzan a considerar a la discapacidad como un problema social y no personal, esta rama educativa se convierte en lo que es hoy: un vehículo imprescindible tanto para el desarrollo de personas con capacidades diferentes, como para su integración social.

Tales son los dos ejes sobre los que gira esta modalidad educativa: considerar a la discapacidad como un problema social (y no de quien la padece) implica la búsqueda de soluciones, no siempre sencillas, para la inserción de todos, discapacitados incluidos, en la comunidad. Y el segundo es el de utilizar todas las herramientas posibles para lograr en cada persona el máximo desarrollo que le permitan sus capacidades y preferencias.

Este segundo eje tiene gran importancia como ejemplo, porque lejos de imitarlo, la escuela "normal" hace todo lo contrario: no sólo no busca maximizar el desarrollo personal de cada uno, en relación con sus preferencias y capacidades, sino que reprime todo atisbo de iniciativa propia en pos de una formación estandarizada que el sistema justifica utilizando un ya felizmente perimido argumento de la ilustración: "inculcar conocimientos". (Entre otras muchas barbaridades.)

Trabajar para que todas las personas logren el máximo posible de su desarrollo personal debería ser un objetivo para todo lo que presuma de ser educativo. Sin embargo, la escuela hace todo lo contrario: no busca ese objetivo y además le interpone obstáculos, mientras nadie parece advertirlo; o bien no importa.

El postulado del título, plantear a la educación especial como un espejo, debería servir sobre todo para que el resto del sistema educativo se mirara. Una comunidad que adoptara el paradigma que hoy exhibe la educación especial, al considerar que formar es un proceso social y no meramente un suceso que ocurre en un aula-celda; y que cada individuo debe ser educado desde su nacimiento en el marco de sus capacidades y gustos, sería una comunidad de personas más felices.

Por el contrario: una sociedad cuyo sistema educativo principal, la escuela "normal", ignora el paradigma que alimenta a la educación especial e insiste con sus dogmas decimonónicos, ya obsoletos pero aún utilizados y muy peligrosos, genera lo que tenemos: una comunidad mayoritariamente frustrada, integrada por individuos que disfrutan de no hacer nada gracias a que lo que se ven obligados a hacer a diario les provoca sufrimiento.

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