Poco para extrañar

La semana que terminó dejó como noticia principal del ámbito deportivo -y más allá -el deceso del presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Julio Humberto Grondona, quien fue el “dueño” de esa entidad durante tres décadas y media.

Las opiniones y gestos de estos días han confirmado eso de que “todos los que mueren son buenos”, con algunas excepciones, en especial la de Diego Maradona, que mantenía una marcada enemistad con el legendario dirigente, quien llegó a calificar al diez de “mufa” durante el reciente Mundial jugado en Brasil, donde el ex astro del fútbol mundial fue tratado como un paria por criticar permanente a la FIFA cada vez que tiene un micrófono cerca.

Desde nuestra humildísima y lejana posición de periodistas de un pueblo del interior, donde lo que se sabe llega por la información de los medios nacionales y se está muy lejos de la “cocina” de esa enorme picadora de carne que es el fútbol profesional, intentaremos dejar nuestra opinión acerca de lo que representó Grondona para este deporte en el ámbito en el cual nos desenvolvemos, un lugar donde los dirigentes todavía sortean un lechón para comprar algunas pelotas, donde los jugadores se desloman en la fábrica y en el tiempo que les queda entrenan como pueden, dejando el alma en la cancha los domingos por amor a la camiseta en la grandísima mayoría de los casos y por algunos “viáticos” con los cuales nadie puede vivir dignamente y que son un complemento al dinero que cada padre de familia puede reunir en su trabajo cotidiano.

Desde lo cuantitativo, lo de Grondona no admite discusiones. En el análisis macro de la historia, encontraremos que en su gestión, el seleccionado nacional ganó una Copa del Mundo y en dos fue subcampeón, números que son muy buenos y que colocan a don Julio a la cabeza del período más destacado del combinado argentino.

Claro que desde lo cualitativo, el balance no es tan halagüeño. Clubes profesionales con deudas millonarias, la violencia enquistada en las instituciones con un poder igual o más grande que el de las comisiones directivas, torneos de un formato único en el mundo y sistemas de descenso que se usan en muy pocos lugares para intentar evitar que los “grandes” se vayan a la B (cosa que no pudo evitarse porque si uno juega mal, nadie puede evitar la debacle) y, lo que desde nuestro punto de vista es lo más grande, un fútbol amateur en terapia intensiva.

Desde el Consejo Federal, que de federal tiene poco porque todo el poder pasa por las oficinas instaladas en la Ciudad de Buenos Aires, se diagraman los certámenes del nivel A, B y C, que son competencias donde parece que el único fin es recaudatorio ya que para participar los gastos son enormes y la contraprestación, prácticamente ninguna. Hasta el poder de invitar a las instituciones que desee tiene el Consejo, con lo cual no siempre es necesario tener éxito deportivo para acceder a los Campeonatos Argentinos, cosa a todas luces injusta porque la forma correcta de ganarse un lugar debería ser en la cancha.

Y en lo que respecta a los dirigentes, se instaló un sistema donde el que estaba de acuerdo, era el mejor, y el que criticaba, era “desterrado”. No daremos ejemplos pero no hay que recorrer muchos kilómetros para encontrar ejemplos de lo que decimos.

Si durante todo este tiempo nadie pudo hacerle sombra a don Julio, ahora que no está tal vez sea la hora de “acomodar los melones” de otra forma en el carro y corregir el rumbo, consolidando las bases (léase ligas y clubes del interior) porque es de estos lugares de donde salen los Messi y los Mascherano. Increíble resulta, por cierto, que habiendo casi asfixiado a la gallina, siga dando algunos huevos de oro.

Es la hora de una revolución futbolística bien entendida, donde la palabra de los clubes tenga más peso y no siga siendo lo único valedero la opinión de dos o tres personajes que se adueñan de una liga o de una federación para hacer y deshacer a su antojo, del mismo modo que Grondona hacía en la AFA, donde curiosamente cada una de sus ideas siempre tenía apoyo de la mayoría, por no decir todos los clubes.

Ojalá comience otra época en la cual deje de encandilarnos tanto la vuelta olímpica por la tele y que nos emocione y convoque más -como era hace algún tiempo- el partido doméstico, ese duelo honesto y apasionado que protagonizan jugadores que son nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestros parientes, futbolistas que le dan a la pelota por amor al deporte y que durante todos estos años, por el sello impuesto por el ex presidente de la AFA, han estado tan desprotegidos...

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