"Tengo 98 años, y no me quiero morir..."

La frase del título pertenece a una mujer rojense. La dijo por teléfono a un bombero voluntario que, el lunes pasado a eso de las cuatro de la tarde, atendió la llamada en el cuartel de Alem y Paso.

Lo que dijo la mujer fue más extenso: "No quiero morir, pero tengo un dolor muy fuerte acá, en el pecho; y una angustia muy grande".

El motivo no era otro que el miedo. Miedo provocado por la "jugada" planificada por algún irresponsable, que se oculta tras el anonimato luego de inventar que el lunes a las cuatro de la tarde iba a pasar por Rojas un tornado.

Tal deleznable acción provocó ira en la empresa que fue citada como fuente del "pronóstico"; y también de los bomberos que, como especialistas en emergencias que son, saben perfectamente que el pánico muchas veces es más peligroso que la propia catástrofe anunciada.

El desenlace es por todos conocido. Los bomberos calmaron en la medida de lo posible a la anciana aterrada, pero no llegaron a evitar que el pánico produjera cierre de escuelas, de comercios, cancelación de actividades y mucha, mucha alteración social.

Esta modalidad de asustar, de meter miedo, de generar pánico en la gente, lamentablemente se ha generalizado en los últimos tiempos.

El del irresponsable que inventó lo del tornado no es un caso aislado. Por el contrario: es permanente la generación de miedo por todos los canales que uno pueda imaginar: redes sociales virtuales, medios de comunicación, boca a boca... todo les viene bien.

Una "moda" que produce múltiples e impredecibles daños a la sociedad. El de la anciana cuya anécdota encabeza esta nota es, apenas, un ejemplo mínimo.

Porque un delincuente que te amenaza para robarte el celular, por poner un ejemplo, te hace pasar un mal momento. En cambio, los numerosos delincuentes que, escondidos detrás del anonimato (como el del tornado), de una cámara, de un micrófono o de una hoja impresa, no te arruinan un momento sino la vida completa. Por ende, son merecedores de castigos infinitamente peores que los reservados a cualquier ladrón común.

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