De la resolución de los conflictos actuales depende la imprescindible transformación educativa

Trece días en los que deberíamos haber tenido escuela y no la hubo son una bocanada de aire fresco; provocan una profunda sensación de bienestar, de liberación; pero a la vez echan luz sobre una gran responsabilidad que nos pesa a todos los adultos, mientras se hace evidente la necesidad de poner de rodillas a la corporación docente para evitar el crecimiento de su poder de extorsión, algo que podría ser letal para el futuro de la transformación que pide a gritos nuestro sistema educativo.

La responsabilidad que siempre tuvimos, pero que ahora se hace evidente, es la de ocuparnos de verdad de orientar a chicos y jóvenes por el camino de su desarrollo personal. La escuela nunca hizo eso, pero la fantasía popular cree que sí, y por lo tanto ha venido delegando en esa institución ya obsoleta, anacrónica, la educación de las nuevas generaciones. Y así nos va.

Por supuesto que debe reconocerse que la escuela sirvió en otras épocas para fines diferentes de los que ahora se supone que debería perseguir; pero insistir con su utilidad hoy no es menos absurdo que plantear la continuidad de los leprosarios o de ajusticiar a pedradas a los culpables de adulterio.

El origen de la escuela está en Prusia, a principios del siglo XIX, y tal como continuó ocurriendo en todas partes y a lo largo de la historia, no fue una institución preocupada por instruir sino por disciplinar, acostumbrar a la obediencia y aniquilar cualquier asomo de creatividad o rebeldía.

Immanuel Kant fue un filósofo prusiano cuya obra es de las más conocidas y consultadas; respecto de la escuela expresó en su "Pedagogía": "La disciplina somete al hombre a las leyes de la humanidad y comienza a hacerle sentir su coacción. Pero esto ha de realizarse temprano. Así, por ejemplo, se envían al principio los niños a la escuela, no ya con la intención de que aprendan algo, sino con la de habituarles a permanecer tranquilos y a observar puntualmente lo que se les ordena, para que más adelante no se dejen dominar por sus caprichos momentáneos."

El modelo de la escuela prusiana se diseminó luego por el mundo. Por ejemplo, llegó a América del Norte; aunque no fue de la mano de ningún movimiento progresista, sino de organizaciones como la Fundación Ford, ampliamente satisfecha con la posibilidad de contar con una institución que se encargara de proveerle "recursos humanos" dóciles, acostumbrados a obedecer y a no formular jamás preguntas ni cuestionamientos por absurdas que fueran las órdenes.

La historia nuestra ya es conocida: la escuela llega a la Argentina gracias a Sarmiento, un político de brillante inteligencia, incapaz de la contradicción de la que habitualmente se lo acusa: la maldad suficiente como para despreciar a los pobres, y la bondad necesaria para concretar una "buena obra" como la creación de la escuela.

En realidad, la lógica sarmientina es total y absolutamente coherente. Para los gauchos tenía reservadas dos alternativas: utilizar su sangre para regar el suelo de la Patria (carta a Mitre, 1861)... o mandarlos a la escuela para que aprendieran a obedecer.

Es verdad que en épocas pasadas la escuela cumplió un rol: integrar a la nación, muchos de cuyos miembros estaban excluidos por motivos territoriales (la gran extensión del país en épocas de comunicaciones difíciles); económicos (familias y hasta pueblos enteros fuera del circuito de la producción y el comercio); e inclusive culturales y de idioma (aborígenes e inmigrantes).

En su momento, dar solución a estos problemas justificó la instauración de la escuela como herramienta igualadora, capaz de homogeneizar un colectivo integrado por elementos tan dispares.

Por supuesto que no es ésa la situación actual, y entonces la escuela, sin norte hacia el cual poner proa, termina contaminando a la sociedad únicamente con sus efectos negativos, que son el aniquilamiento de la iniciativa, la creatividad y la posibilidad de desarrollo personal y social de los habitantes.

Para profundizar en estos conceptos puede consultarse la obra de un reconocido especialista en educación y creatividad, un inglés llamado Ken Robinson, doctorado en la Universidad de Londres, cuyo trabajo en estas materias le valió un nombramiento como Caballero por la corona británica en 2003.

Robinson ha escrito libros, y también brinda conferencias por todo el mundo. En una de ellas ha dicho: "Todos los niños tienen tremendos talentos; y los malgastamos implacablemente. Muchas personas brillantes creen que no lo son, porque en lo que eran buenos, en la escuela no fue valorado; o estigmatizado. Necesitamos cambiar radicalmente nuestra concepción de la inteligencia y repensar los principios fundamentales bajo los que educamos a nuestros hijos. El sistema educativo ha explotado nuestras mentes igual que nosotros hemos explotado la tierra: buscando un recurso en particular. Intentamos resolver los problemas del futuro con herramientas del pasado, y esto no nos servirá."

Llegando a la actualidad, no es extraño que la sociedad perciba que el principal valor de la escuela es su función de guardería o comedor. Esto forma parte de su crisis como institución, que aún no ha sido convenientemente conceptualizada o sistematizada, pero que debería serlo cuanto antes.

Y avanzar en ese sentido, tomando inclusive las decisiones políticas necesarias, exigirá evitar que la corporación docente, naturalmente conservadora en estos aspectos, cuente con una capacidad de extorsión tal que le permita impedir la transformación. De ahí la importancia que tiene resolver el conflicto gremial sin otorgarle victoria alguna.

Pero más allá de cuál sea la resolución del conflicto gremial docente, lo que queda claro es que la comunidad toda debe comenzar a ser protagonista en la orientación de sus hijos. Claro que no se trata de enseñarles a operar con logaritmos ni de obligarlos a leer "Platero y yo". La idea no es (no debería ser) repetir en casa los errores que la escuela comete a diario en el aula. Se trata de orientarlos para que empiecen HOY a actuar en lo que les apasiona y tienen habilidad, sin reglas absurdas ni cronogramas arbitrarios como les propone la escuela, y sí permitiéndoles que crezcan y se desarrollen según sus gustos y capacidades.

Y como punto principal, que es tarea de todos pero principalmente del Estado, desarrollar un sistema nuevo que, luego de la transición con la escuela actual (lapso cuya duración es impredecible hoy), haga realidad el viejo eslógan de educación pública, gratuita, de calidad... y promotora de las habilidades y preferencias de cada uno, abandonando los conceptos de linealidad y estandarización que propone la escuela que, a la vista de todos está, no produce seres humanos sino burros de carga. Destino ingrato del que muy pocos logran escapar.

Gear SA

Clyfer