Paro docente: poniéndole números a la indignación popular

Estos días estarán signados para muchas familias por el fallido inicio de clases, que debía realizarse hoy pero no pudo ser, a partir de que los gremios que nuclean a maestros y profesores decretaron un paro por setenta y dos horas. Por ende, las puertas de las escuelas permanecerán cerradas mínimamente hasta el lunes que viene.

Esta situación, que se viene repitiendo marzo tras marzo, y también en algunos otros momentos del año, provoca indignación en amplios sectores de la sociedad que no son docentes, y justo es reconocer que la reacción no obedece tanto a los perjuicios que sufren los chicos en materia educativa, como a los inconvenientes que causa no tener dónde dejarlos mientras sus padres van a trabajar o a realizar cualquier otra actividad.

No obstante, la indignación existe, es esperable desde que siempre, ante la existencia de un conflicto, hay quien se siente perjudicado. Pero muchos no tienen en claro cuál es el motivo preciso que los lleva a indignarse. Por eso es que esta columna intentará ponerle números al enojo popular.

Por ley, que hasta ahora se viene cumpliendo, la Argentina debe destinar no menos del 6 por ciento de su producto interno bruto (PIB) a la educación.

Claro que no todo es escuela en educación, y tampoco son similares las situaciones que se viven en las distintas provincias. Pero expresada ya la importancia del esfuerzo que, como país, todos hacemos para sostener el sistema educativo, veamos qué ocurre en territorio bonaerense.

Buenos Aires, junto a Jujuy y Santa Fe, es de las provincias que mayor porcentaje destina a educación. Más de un 30 por ciento del presupuesto bonaerense va a parar al sector, y de esa masa de recursos, alrededor del 90 por ciento se utiliza para pagar sueldos.

¿Cómo han evolucionado los salarios docentes en la última década? Es una pregunta cuya respuesta también es interesante: tales ingresos son hoy un 50 por ciento superiores, en términos reales, a los de diez años atrás. Han crecido más que cualquier otro de la actividad privada, y se cuadruplicaron con respecto a los de 2001.

Cabe indicar que la frase "en términos reales" implica crecimiento comparativo con la inflación, medida según fuentes alternativas al INDEC (consultoras privadas y la Dirección de Estadísticas de la Provincia de Santa Fe).

Estos números permiten una primera mirada: de cada 6 pesos de impuestos provinciales o coparticipables que por cualquier concepto pagamos los bonaerenses, 2 pesos se destinan a pagar salarios docentes. Salarios que, como se ha dicho, han tenido un crecimiento importante en términos reales, superando inclusive a los de la actividad privada.

Así visto, y aún reconociendo el derecho constitucional a reclamar, incluyendo las herramientas que también son legales como la huelga, no suena descortés pedirle a los maestros que utilicen algún método de reclamo que no perjudique, o dañe menos, a la ciudadanía que tan importante esfuerzo hace para sostener el sistema. Sobre todo teniendo en cuenta que no es sólo reclamo gremial lo que hay tras el paro, que ya estaba decidido antes de fin de año, cuando ni siquiera se sabía qué se iba a negociar en paritarias (dato conocido por cualquiera con acceso a las fuentes informativas habituales).

Pero hay una segunda mirada, más profunda y, por ende, que necesita de calma y cabeza fría para pensar en términos estructurales, estratégicos, y no coyunturales: es la que obliga a realizar una evaluación en términos de eficiencia del enorme esfuerzo realizado por todos los argentinos para financiar el sistema educativo.

Este columnista está convencido, por razones que están a la vista de todo el que no se niegue a verlas, de que el sistema educativo actual es una catástrofe, imposible de corregir mientras todo se base en una organización institucional anacrónica y ya obsoleta como la escuela.

Claro que pensar en estos términos implica mucho estudio, mucha planificación, mucho debate y largos años de trabajo para encontrar un nuevo sistema que reemplace a la escuela. Pero es obvio que en algún momento hay que empezar, porque no hay camino, por largo y dificultoso que sea, que no comience por el primer paso.

Está claro que hablar del 6 por ciento del PIB; de más del 30 por ciento del presupuesto de la provincia que lo tiene más alto, como Buenos Aires; y de un tercio de dicho presupuesto destinado a salarios, es hablar de un esfuerzo enorme por parte de toda la comunidad.

Esa comunidad se merece, entonces, obtener beneficios, en términos de crecimiento y realización personal de sus hijos, acordes con el esfuerzo realizado. La escuela, por su estructura obsoleta, jamás podrá dárselos.

Resumiendo: hoy día no está de más pedirle a los maestros un gesto de solidaridad con un pueblo que tan grande esfuerzo hace para sostener el sistema que les ha permitido mejorar económicamente hasta un punto impensado hace una década. Y a partir de hoy, mirando hacia adelante, es imprescindible empezar a pensar y debatir cómo será lo que en un futuro lo más cercano posible nos permita reemplazar a la vetusta escuela por un sistema distinto, adecuado para el verdadero desarrollo personal y comunitario de nuestras jóvenes generaciones.

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