¿"Agregar valor a la materia prima"? Basta de espejitos de colores...

A la hora de pensar nuestro futuro, de diseñar y planificar política, cuestiones económicas y educativas, y todo lo que tiene que ver con estrategias de crecimiento y desarrollo, es muy importante tener en cuenta que siempre habrá quien venga a vendernos "espejitos de colores", y que deberemos cuidarnos mucho de los "cantos de sirena".

Esto viene a cuento porque es muy común escuchar, de boca de quienes proponen estrategias de desarrollo para el interior, que la manera de que nuestros pueblos dejen de ser medievales, productivamente hablando, es "agregar valor a las materias primas".

Se trata de uno de los "cantos de sirena" habituales, de uno de los "espejitos" de color más común y abundante, que debería ser descartado de plano; por lo menos, si se habla de los cimientos de una estrategia de desarrollo.

Claro que ese "agregar valor a la materia prima", que en nuestra zona significaría convertir los granos y la carne en alimentos elaborados, no sólo es conveniente, sino también necesario. Lo que no deberíamos admitir, de ninguna manera, es que se planee limitar nuestra actividad económica, y consecuentemente nuestras posibilidades de desarrollo concreto, a tal perfil productivo.

Basta con observar la conducta de las principales potencias del mundo para saber que las diferencias cualitativas no descansan ni sobre la producción primaria, ni sobre la industrialización de tales productos. El desarrollo verdadero, por lo menos dentro del sistema político y económico en que vivimos, está basado en la industria de base tecnológica, en el conocimiento y en la producción de sus derivados.

Los productos que mayor volumen de comercio generan (y por ende, poder) son, en orden de importancia decreciente: las armas, la droga (rubros que El Portal no recomienda), los autos, los celulares y las computadoras (cuya producción, como la de sus industrias vinculadas, sí proponemos). Las galletitas y los fideos no figuran en esa lista.

Es obvio que como argentinos, en pos de lograr un país rico e independiente, debemos contribuir con el desarrollo de tales actividades, de la manera que podamos: con capacitación, con inversiones... y hasta con el voto.

Pero como además de argentinos somos rojenses, no podemos olvidar que más allá de lo que ocurra con las políticas productivas a nivel nacional y con la inserción de la Argentina en el mercado mundial, también hacia el interior del país el desarrollo es desparejo, y en general, el área metropolitana y las grandes urbes como Córdoba y Rosario suelen "acaparar" las industrias más dinámicas, mientras a nosotros, como premio consuelo nos permiten "agregar valor a la materia prima".

No nos dejemos engañar. La emigración hacia los grandes centros urbanos, con su consecuente hacinamiento, generación de barrios miserables, colapso de los servicios, etc., etc., debe evitarse, pero eso sólo se logrará si el país empieza a crecer de manera más justa y equilibrada, y esto necesariamente implica que el interior también tenga la oportunidad de contar con industrias de base tecnológica que permitan a su gente una realización personal y económica similar a la de las ciudades más pobladas.

En Rojas hemos dado pasos: contamos con una factoría de software que emplea a casi cuarenta personas. También tenemos un centro universitario que genera técnicos en esta materia, una Escuela Técnica que brinda la base para seguir por ese camino... y la posibilidad, porque dinero no falta, de ampliar el abanico de actividades hacia otras diferentes, inclusive vinculadas a la producción que todavía es principal en la región, la agropecuaria.

Pero nada de esto podrá lograrse si no empezamos por el principio: tomar conciencia de que con espejitos de colores no se construye nada, y convencernos de que si queremos, tenemos al alcance de la mano todo lo que necesitamos para tener, en el futuro próximo, una ciudad a la altura de las mejores del mundo, y sin muchos de los problemas que tienen las grandes urbes.

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