La decadencia y sus símbolos

Ante todo me disculparán que (sólo por esta vez) escriba en primera persona. Ocurre que recorriendo las calles del centro, en estos días previos a las fiestas de fin de año, uno encuentra situaciones que lo hacen pensar, por ejemplo, que así como en muchos aspectos los rojenses parecemos habitantes de la Atlántida, o de Saturno, hay otros (pocos) en los que nos revelamos como espantosamente humanos.

Alguien me comentaba el otro día una teoría sobre la mentalidad del habitante de este pueblo, profundamente vinculada a lo agrario: el rojense siembra, y luego simplemente espera. Se alegra si llueve y los cultivos progresan, y se entristece cuando la sequía impide una buena cosecha y con ella, la prosperidad. Pero no concibe que el humano pueda intervenir en el proceso (de cualquier naturaleza), realizando acciones que faciliten la buena marcha de las cosas, y solucionando los problemas. Sólo existen la esperanza, y luego la resignación o la alegría, según sea el resultado obtenido a partir de eventualidades ajenas a la voluntad.

Todo esto pensaba yo mientras recorría las pobladas calles del centro de Rojas, viendo cómo también aquí es posible percibir esa lenta pero inexorable marcha que la humanidad ha emprendido hacia un nuevo período de oscuridad, una renovada "edad media", que sucederá a las épocas del nuevo renacimiento, signadas por las revoluciones industrial del siglo XVIII, científica del XIX y tecnológica del XX.

Decidido ya a escribir sobre el tema, recordé una extraordinaria nota publicada hace muchos años por el escritor, periodista y poeta español Manuel Vicent, en el diario El País de Madrid.

Me pregunté, entonces: ¿por qué tratar de volver a elaborar algo tan maravillosamente escrito? ¿No sería mejor reproducir aquella obra en su versión original? La busqué en los rincones más recónditos de mi computadora, y tuve la suerte de hallarla. Por eso es que la comparto con los lectores de El Portal de Rojas, con la necesaria aclaración de que fue escrita hacia fines del siglo XX, cuando la "realidad" dibujada por los medios contenía temas tales como el "affaire" sexual del presidente norteamericano con una becaria, y la naciente invasión yanqui a Medio Oriente, hoy generalizada.

La nota es adecuada, no obstante, porque las realidades de América y Europa han cambiado: hoy se vive allá lo que a principios de siglo ocurría acá, y viceversa.

A continuación, entonces, la nota titulada "Año nuevo", escrita por Manuel Vicent y publicada por el diario madrileño El País en su edición del 3 de enero de 1999:

***

Año Nuevo
Manuel Vicent. 3 ENE 1999.

Un escritor ambicioso quería expresar con un hecho la esencia de este fin de milenio pero no encontraba nada que fuera decisivo pese a que el mundo estallaba cada día en pedazos.

Le parecía poco importante que una becaria de rodillas en el Despacho Oval le sacara la médula al emperador del planeta y que éste, en compensación, bombardeara una farmacia de Sudán sin previo aviso.

Por lo visto tampoco tenía interés literario que en el mismo paraje donde se asentó el Paraíso Terrenal se reprodujera ahora el mito del pecado original y su castigo bajo otro árbol de la ciencia. Una serpiente tentó a Sadam: si comes del fruto de este árbol prohibido serás como Dios, podrás desarrollar una buena sopa química y tan pronto consigas una ojiva nuclear también serás omnipotente.

Dios mandó a unos inspectores para que contaran las manzanas del árbol de la ciencia y viendo que faltaba alguna envió una lluvia de misiles sobre la cabeza de Adán, pero luego remató este coito de acero con la promesa de un redentor que daría salida a sus barriles de petróleo.

Acababa de empezar el año 1999 y aunque los monstruos suelen sacar la cabeza cada fin de milenio ninguno de ellos era considerado demasiado terrible por este escritor comprometido con la esencia de las cosas.

En los laboratorios se estaban creando animales mitológicos, quimeras, gorgonas, gallos celestiales, mezclas de ratas y arcángeles, los mismos seres fantásticos del libro de Hesiodo. Acababa de ser desmontado genéticamente el gusano más elegante y el principio de la inmortalidad ya se había puesto a hervir en las retortas, pero esto, al parecer, no era nada significativo.

Este escritor tampoco creía esencial que los ministros fueran sorprendidos buscando adolescentes en la oscuridad de los parques, ni que el corazón de los jueces ya no distinguiera entre patriotas y asesinos a la hora de dar trasiego a las cárceles.

El hambre era todavía el mayor océano del planeta. Un huracán acababa de coronar el cielo de Centroamérica y en el desierto de Argelia otro vendaval de navajas segaba cada sábado varias decenas de gargantas.

No obstante, si al escritor le hubieran preguntado qué tragedia caracterizaba este tiempo, su respuesta habría sido ésta: el símbolo de la caída era ese ciudadano medio, cargado de paquetes, que está dispuesto a tragar con cualquier bajeza política o moral, con tal de seguir consumiendo hasta el final de sus días.

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