No importa cuántos muertos...

Las leyes están para ser obedecidas. Y cuando alguien las transgrede, debe ser sancionado y cumplir con la pena establecida según el caso.

Todo eso es verdad, pero claro, en la suposición de que la comunidad es consciente de la situación, cumple como regla general con lo establecido, y entonces es allí cuando el Estado llega con su rol de control para castigar a quienes, individualmente, se apartan del camino trazado por el sujeto colectivo.

En Rojas ocurre todo lo contrario. Lo habitual, lo establecido, la "costumbre", es violar las leyes, y entonces resulta vano cualquier esfuerzo por controlar las situaciones, e inútil el llanto de las eventuales víctimas, que se rasgan las vestiduras acusando a gritos al Estado de "ausente" cuando, en realidad, hasta el momento de la victimización formaban parte de la comparsa.

Estos temas no son fáciles de resolver, y este columnista duda mucho de que exista alguna solución, porque cuando hay individuos que violan las normas socialmente aceptadas, cabe perseguir y sancionar; pero cuando es la sociedad toda la que no acepta las reglamentaciones, y el cumplimiento se convierte en excepción, entonces la cosa cambia: el problema ya no es jurídico sino cultural, y no habiendo la más mínima intención de cambiar las cosas, es obvio que no habrá transformación posible.

Para aclarar este panorama valen algunos ejemplos, de los que en nuestra ciudad pueden encontrarse muchos.

La Ley de Tránsito existe desde hace muchos años, y siempre estableció que todo aquel que circule a bordo de una motocicleta debe llevar casco protector.

En Rojas hubo un primer intento por hacer cumplir esta norma allá por los '90, cuando el Intendente era Gustavo Vignali. Cabe señalar que por esos años en nuestra ciudad no llegaba a haber 500 motos, cuando en la actualidad ese número supera holgadamente las 5000.

La Municipalidad hizo entonces lo ya sabido: comenzó con difusión, luego puso en práctica una campaña de concientización, y finalmente llegó a la sanción y al secuestro de vehículos. Pero a nivel comunitario, lejos de aplaudir esta iniciativa, hubo resistencia. Estuvieron quienes directamente ignoraron todo y siguieron andando en moto como siempre, apelando a la suerte de no encontrarse con los inspectores; otros difundieron y planearon una movilización a la Municipalidad; no faltaron quienes, al ser detenida su marcha, amenazaban y agredían al personal de control, e inclusive quienes se burlaban circulando con un canasto de damajuana o una palangana en la cabeza. Obviamente, la campaña no duró mucho...

También la gestión municipal peronista puso en marcha una iniciativa similar. Por esos días se agregó una ordenanza que prohíbe a las estaciones de servicio vender combustible a motociclistas que no tengan casco, un impedimento que es salvado con mucha facilidad: simplemente, la nafta se compra en un bidón, y se le echa a la moto a la vuelta de la esquina. Eficacia: cero.

El gobierno municipal actual también ha tratado, en sus pocos meses de actuación, de cambiar las cosas. Hasta ahora no lo ha logrado, y no hay grandes expectativas de que vaya a poder.

Otro caso es el de la circulación de camiones por la planta urbana. Está claro que no todo el pavimento es apto para el paso de esos pesados vehículos, ni las calles de tierra deberían verse sometida a ello, sobre todo cuando llueve.

En los '90 hubo algunos intentos por organizar el tránsito pesado, y desde aquellos días existe una ordenanza que establece "circuitos" por donde los camiones pueden desplazarse. Esa norma fue oportunamente consensuada con empresarios, no fue fruto del azar ni de capricho alguno; pero sin embargo, esos grandes transportes de carga continúan circulando por todas partes, inclusive por algunas donde resulta incomprensible encontrarlos, y no es posible hacer nada para evitarlo. Todavía se recuerda un "camionazo" a la Municipalidad realizado en contra de la decisión de organizar el tema.

El gobierno peronista abordó también la cuestión, pero sobre un aspecto puntual: el cuidado de las calles con mejorado de los barrios que, hoy es obvio, no estaban preparadas para el tránsito pesado, y así es como transitando cualquier barriada uno supone estar en una ciudad bombardeada.

La gestión Aloé, en lugar de ordenanzas y multas, apeló a razones de orden físico: colocó arcos en las calles de entrada a los barrios, cuya altura no permitía el paso de camiones, y sí el de vehículos de menor porte. ¿Resultado? Duraron sólo algunas horas. Muy poco después de haber sido colocados, y en todos los barrios simultáneamente, los arcos fueron arrancados de su lugar, y los camiones, otra vez libres para romper sin obstáculos.

El gobierno encabezado por Martín Caso no ha dado señales de preocuparse mayormente por el tema, más allá de alguna sanción a un par de camioneros por destrozar calles de tierra en días de lluvia, aunque hay que reconocer que hace pocos meses que está en funciones.

El consumo de alcohol por parte de menores también es algo imposible de combatir, toda vez que es tolerado, cuando no promovido, por la sociedad adulta, más allá de que la ley pena a quienes proporcionen ese tipo de bebidas a personas de menos de 18 años.

El Estado puede hacer cumplir las normas en locales comerciales, pero los chicos se emborrachan, a veces hasta más allá del coma, en propiedades privadas, cedidas por sus padres a sabiendas de lo que va a ocurrir, más allá de que finjan no saberlo.

Son los padres, adultos, quienes les proporcionan, además, vehículos para que se arriesguen a conducir en estado de ebriedad, y también son conscientes de que esto va a suceder, aunque no lo reconozcan.

Hace algunos años hubo una respuesta muy clara y precisa del entonces Intendente, Norberto Aloé, a una mujer que le reclamaba porque chicos de trece años iban al boliche. "Señora, a su hijo lo tiene que cuidar usted, no el comisario". Obviamente. "Un chico de trece años, a las tres de la mañana tiene que estar durmiendo, no en el boliche. ¿Cómo llegó ahí?", decía Chano. La respuesta es simple: va al boliche porque sus padres lo permitieron, o no lo impidieron. Pero claro: solemos escuchar "los pibes ahora son así". De boca, justamente, de quienes los hicieron así escuchamos esa frase.

Los ejemplos podrían continuar hasta el infinito, pero lo dicho es más que suficiente. Ya no vale la pregunta "¿qué esperan, que haya un muerto para abrir los ojos"? Ya hubo montones de muertos, por andar en moto sin casco, bajo las ruedas de los camiones, y (aunque sea más difícil de establecer) también por alcoholismo juvenil. En este último caso, a veces, muertos en vida, que es peor aún.

Podría optarse por la pregunta "¿cuántos muertos más tiene que haber?"... pero lo más probable es que ni así cambiaría nada. Ya hubo decenas, y podría haber cientos, evidentemente, ya que a nadie le preocupa seriamente nada de lo dicho.

Está claro que esta nota no planteará soluciones, imposibles de encontrar a nivel individual. Fue escrita, sobre todo, para plantear la inquietud. Quizás, sumando un granito de arena a otro, dentro de algunas décadas la situación sea distinta. Pero no hay demasiados motivos para ser optimista...

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