Sociedad asustada + demagogia: Una mezcla peligrosa

Esta es una nota sobre cámaras de seguridad, pero comienza mucho tiempo atrás, cuando estos notables dispositivos electrónicos ni siquiera existían.

Fue en 1791 cuando al filósofo inglés Jeremy Bentham se le ocurrió diseñar una cárcel muy original, que reduciría drásticamente los gastos en personal: el panóptico.

El panóptico era una edificación circular, con una torre en el centro. Las celdas estaban dispuestas de tal manera que a cada una le permitía tener dos huecos: uno exterior para que entrara la luz, y otro interior dirigido hacia la torre de vigilancia. Los ocupantes de las celdas se encontrarían aislados unos de otros por paredes, y no podrían ver al guardia ubicado en lo alto. Este último, pese a que tampoco vería a los prisioneros, sí podría observar sus siluetas, proyectadas por la luz exterior a través de la ventana interior.

Este mecanismo diabólico hubiera sido capaz de crear la vigilancia perfecta, dado que no es necesario que el guardia esté efectivamente mirando todo el tiempo; los prisioneros sabrían, empero, que tal posibilidad existe, y por lo tanto se sentirían eternamente vigilados, lo estuvieran o no, terminando por convertirse en sus propios guardianes.

Michel Foucault, un muy conocido teórico de la comunicación, rescató la idea de Bentham, pero no para llevarla a la práctica, sino para utilizarla como modo de ejemplificar de qué manera las sociedades modernas utilizan la vigilancia para ejercer el poder de unos individuos sobre otros.

Es más: Foucault imaginó al panóptico como un modelo probable para todo tipo de edificaciones públicas; no sólo cárceles sino también hospitales, cuarteles y escuelas.

"Basta pues situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un alumno. Mediante el efecto de contra-luz se pueden captar desde la torre las siluetas prisioneras en las celdas de la periferia proyectadas y recortadas en la luz. En suma, se invierte el principio de la mazmorra", señala Foucault, y agrega: "No hay necesidad de armas, de violencias físicas, de coacciones materiales. Basta una mirada. Una mirada que vigile, y que cada uno, sintiéndola pesar sobre sí, termine por interiorizarla hasta el punto de vigilarse a sí mismo; cada uno ejercerá esta vigilancia sobre y contra sí mismo. ¡Fórmula maravillosa: un poder continuo y de un coste, en último término, ridículo!"

Lo que Foucault jamás imaginó fue que llegaría el momento en que una sociedad pidiera ser vigilada, lo cual -a pesar de que no es totalmente evidente- significa ponerse voluntariamente a merced del poder de los dueños del sistema de observación.

Esta es la situación que vivimos hoy en Rojas: una sociedad asustada, víctima de técnicas mediáticas muy eficaces para sembrar el terror, y un gobierno que, muy lejos de adoptar las medidas adecuadas para manejar nuestros modestos problemas de inseguridad, cede al reclamo desesperado e irracional de la histeria colectiva. En actitud demagógica, prefiere sostener su imagen "haciendo lo que el pueblo quiere", antes que arriesgar en pos de resultados exitosos.

Está claro que en nuestra ciudad no hace falta cámara ninguna. Rojas no es Temperley, ni José C. Paz, y muchísmo menos Río de Janeiro, San Pablo o el Distrito Federal de México. Es una pequeña población en la que todos nos conocemos, y resultaría relativamente sencillo actuar contra los responsables del delito organizado, decisión política mediante, e inclusive contra el espontáneo, a través de medidas eficaces de contención social.

Si esta ciudad estuviera realmente preocupada por la inseguridad, ya habría encarado medidas enérgicas de contención de los sectores sociales en riesgo, y también acciones judiciales, policiales o de la naturaleza que resultara más conveniente, contra los que manejan el delito a una escala un poco mayor (droga y poco más que eso).

Pero no. Se opta por la demagogia; por herramientas que en lugares de características distintas a las de Rojas podrán ser eficaces o no, pero que no tienen aquí gran efecto práctico, más allá del de lograr que, como explicaba Foucault, todos sintamos encima nuestro el ojo del poder y, yendo aún más allá, terminemos convertidos en nuestros propios vigilantes.

Como ejemplo, valga un caso: El que quizás fue el delito más resonante de los últimos años en este distrito fue el robo comando a la sucursal Carabelas del Banco de la Provincia. Todos sabemos quiénes fueron: los dueños de la cámara.

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