El fichaje de los pibes, las ilusiones y la responsabilidad de cada uno...

La gran novedad que ha instrumentado este año la Liga de Fútbol es el fichaje de los futbolistas que participan en las Escuelas de Fútbol, más exactamente a partir de los nacidos en el año 2004. Ante todo, antes de analizar el tema, hay que decir que la decisión de los dirigentes, acorde a lo dispuesto por el Consejo Federal de AFA, es acertada ya que persigue como objetivo el lograr que los clubes no pierdan su principal patrimonio: los jugadores.

Los clubes están encontrando inconvenientes para terminar de instrumentar el registro de los pequeños futbolistas, en especial por las dudas que plantean algunos padres, que no están tan convencidos de poner la firma. En la entidad madre se ha dispuesto prolongar unas semanas el plazo para cumplir el trámite (hasta mediados de este mes) y después el que no tenga credencial, no jugará, siempre y cuando no haya otra postergación, que no sería saludable para que la idea de la LDF se pueda plasmar.

Cada niño es libre de elegir donde jugar y cada padre puede –y debe– involucrarse en esa decisión, pero también se debe entender que las instituciones destinan a la formación tiempo, recursos humanos y dinero, y esa tarea debe tener su reconocimiento, que no es ni más ni menos que los derechos que les corresponden en el caso de que el jugador sea transferido a un club profesional. Traducido: un dinero, mucho o poco, como Newbery obtuvo por las transferencias de Lichi López, un caso que le vendría bien tener a todas las instituciones locales para darle aire a sus alicaídas finanzas.

A propósito de los chicos, sus papás y la ilusión de encontrar en el fútbol su forma de vida, se debería prestar más atención a ciertos personajes que intentan sacar algunos dividendos, aprovechando ese sueño para sacar cierto provecho personal, esgrimiendo pergaminos de dudosa procedencia y méritos incomprobables.

El método es reiterado: llevar jugadores a probarse a clubes de otras ciudades, fundaciones o lo que sea, sin pedir permiso a los clubes que son los que amparan a los pibes durante todo el año. Así, son varios los chicos que han tomado otro rumbo pero las promesas que se hacen, no siempre se cumplen, y así sucede que más de uno está pegando la vuelta y no podrá jugar durante el resto de este año ya que en la Liga el libro de pases está cerrado.

Funciona desde hace algún tiempo una especie de academia en un lugar privado, sin respaldo de ninguna institución, ni seguro ni cobertura de ninguna naturaleza. Un emprendimiento que camina impulsado únicamente por esa lógica esperanza de cada familia de tener un futbolista de paga, como cada padre aspira a que su hijo sea médico, abogado o profesional de lo que sea y forje una vida sin carencias.

Más allá de la calidad de la enseñanza, la cual debería ser analizada por un especialista, la gran diferencia entre los clubes y estos ámbitos particulares es la respuesta ante las dificultades que puedan presentarse, como el caso de una lesión que pueda sufrir alguno de los chicos que concurre. Ya ha sucedido que un jovencito termine en el médico y que nadie se haga cargo de los gastos que demanda su atención, cuando en los clubes, en mayor o menor medida, los dirigentes afrontan el costo de las lesiones que sufren sus futbolistas, tanto sea en los entrenamientos como en la competencia.

La cuestión pasa porque cada uno abra los ojos y ponga en la balanza las bondades y defectos de cada propuesta, aunque está claro que siempre es mejor para un deportista desarrollar su actividad al cobijo de una entidad.

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